Por Daniel Matamala
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Hace justo un año y un día, el 25 de octubre de 2019, la marcha más grande de la historia congregó a más de un millón de chilenos sin líderes ni banderas partidistas. Bastaba ser ciudadano para sentirse llamado a participar, como parte de una emoción común de quienes se sentían abusados o discriminados por una élite.

Justo un año después, ayer, esa marcha tuvo su expresión electoral y fue igual de impresionante. Casi 6 millones de chilenos marcaron Apruebo. Nunca en la historia de Chile un candidato, partido u opción alguna habían sumado tantas voluntades.

Mientras muchos en la clase dirigente hablan de un Chile polarizado, enfrentado entre izquierda y derecha, el mapa electoral de ayer demuestra todo lo contrario: el Apruebo ganó en prácticamente todas la comunas del norte, centro y sur del país, excepto en Colchane (región de Tarapacá), la Antártica y las tres comunas más adineradas del sector oriente de Santiago: Lo Barnechea, Las Condes y Vitacura.

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¿Cuál es la fractura, entonces? Tal como en la marcha del millón, no es una división entre izquierda y derecha, sino entre ciudadanos y élites. Esas élites que dominan el poder político y económico del país, y que viven mayoritariamente en esas tres comunas más ricas de Chile, las únicas tres comunas de la Región Metropolitana que marcaron Rechazo.

Es una fractura evidente y relevante. La clase dirigente está desenchufada del resto del país, un país al que no conoce y no entiende, y por eso no vio venir todos los acontecimientos del último año.

El proceso constituyente que comienza ahora es la gran oportunidad de sanar esa fractura, siempre y cuando esa élite deje de atrincherarse en un sector de Santiago y se muestre dispuesta a compartir el poder como exigen, en las calles y en las urnas, millones de ciudadanos.

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