Son las siete de la tarde del primer domingo de noviembre y, a las afueras de Factoría Italia, en Providencia, comienzan a reunirse seguidores de Francisca Valenzuela. Hay parejas, grupos de amigas y personas que llegan solas. Predominan los vestidos largos, los ternos, los blazers y los conjuntos elegantes, en línea con el código de vestimenta formal establecido para la ocasión.
Los asistentes han pagado entre $119.000 y $139.000 por persona para participar en la tercera y última función de Cena Maldita, una experiencia que combina una comida de cuatro tiempos con un concierto íntimo de la cantautora chilena.
La promesa es escuchar sus canciones a pocos metros de distancia, en un encuentro muy distinto a sus presentaciones habituales y que ya había agotado sus dos fechas anteriores, realizadas el 28 y 29 de octubre.
Aunque, antes, hay que encontrar el lugar.
Amor y Pasta funciona en el subterráneo del edificio, al que se accede mediante un ascensor donde una pequeña señal indica el piso -3. La entrada por esta suerte de pasadizo secreto, sin embargo, no anticipa en absoluto la puesta en escena que espera abajo.
Superada la breve burocracia que conllevan las filas, revisiones de reservas y entrega de pulseras, comienza el recorrido por un pasillo de arcos iluminados de color violeta que conduce hacia una gigantografía de Valenzuela, rodeada de cortinas y acompañada por una inscripción manuscrita (“Maldigo mi trauma, mi piano y mi cama”).

La entrada a “Cena Maldita”, organizada por Francisca Valenzuela junto a Amor y Pastas | Fotografía: Camila Morandé
A un costado, varias estanterías exhiben vinilos y artículos de la cantante, mientras algunos fanáticos aprovechan para tomarse fotografías.
La iluminación es tenue y, al entrar al salón principal, las luces violetas del acceso dan paso a los tonos cálidos de velas y candelabros. De fondo suena bossa nova, y hay mesas preparadas para la cena con arreglos florales y copas transparentes. Se observan, además, grandes lámparas suspendidas del techo y una barra de tragos iluminada.
También hay un piano, aunque no donde se podría esperar.
Al fondo del salón, una instalación escenográfica ocupa el lugar que habitualmente correspondería al escenario. Sin embargo, el instrumento está ubicado entre los comensales, rodeado por los espacios destinados a los músicos y las mesas desde donde el público presenciará el concierto.
La disposición no es casual. Es parte de una propuesta que comenzó a tomar forma durante las conversaciones entre Francisca Valenzuela y el equipo de Amor y Pasta.

La decoración del salón principal de “Cena Maldita” | Fotografía: Camila Morandé
“La idea, originalmente, vino desde Amor y Pasta, de Jean Pierre (Endre Rosati) y su equipo”, contaría algunas horas más tarde la propia cantautora a CNN Chile. “En un comienzo, era como un concierto y después empezamos a conversar, con la idea de crear una experiencia un poquito más multifacética y multidimensional”.
“Fue una sinergia y una colaboración muy natural, porque era como: ‘Ya, ¿y si ponemos un piano?’, ‘ya, y pongamos los candelabros’, y hagamos esto, y hagamos lo otro… Y fue muy lindo construir algo distinto en ese espacio con todo el equipo”, agrega.
Pero para entender cómo un disco de doce canciones terminó convertido en una experiencia gastronómica y musical, primero hay que conocer la historia del lugar que lo recibió.
Amor y Pasta tiene sus raíces en una tradición familiar. Alrededor de 2012, Jean Pierre Endre Rosati comenzó a organizar reuniones con amigos para preparar pastas artesanales, retomando el oficio de su abuelo italiano, quien había emigrado a Chile y se había dedicado a su fabricación. Aquellos encuentros, que llegaron a reunir a unas 70 personas, terminaron convirtiéndose en un proyecto que combina gastronomía, música y actividades participativas.
Tras funcionar durante tres años en una carpa instalada en el Hotel Sheraton de Santiago, en 2025 se trasladó a Factoría Italia, en Providencia. Su propuesta habitual invita a los asistentes a preparar sus propias pastas, compartir una cena y disfrutar de música en vivo.
Y aunque, a la fecha, es conocido por sus jornadas de cocina colectiva, el recinto también ha recibido encuentros musicales y culturales de otros formatos. En julio, Kevin Johansen y el ilustrador Liniers protagonizaron un espectáculo íntimo acompañado de una experiencia gastronómica.

Fotografía: Camila Morandé
Posteriormente, Julieta Venegas presentó su proyecto Norteña y Mon Laferte celebró el lanzamiento de Femme Fatale Vol. 2 en una fiesta privada.
La colaboración con Francisca Valenzuela, sin embargo, incorporó la particularidad de que las canciones de MALDITA también inspiraron tanto la propuesta gastronómica como la ambientación del recinto.
Los asistentes disfrutarían de un menú de cuatro tiempos con maridaje, seguido de un concierto íntimo de la artista. El programa, en tanto, establecía horarios precisos: ingreso a las 19:00, inicio de la cena a las 19:30 y concierto a las 20:30.
En esa misma línea, la noche avanzó conforme a lo previsto y comenzó el servicio de los primeros platos.
Del disco a la mesa: Las canciones de MALDITA convertidas en sabores
Sobre las mesas esperaba una carta negra con letras doradas. Bajo los nombres de Francisca Valenzuela y Amor y Pasta aparecía el título Cena MALDITA, una propuesta inspirada en su séptimo trabajo de estudio, publicado el 30 de julio de 2026 a través de Frantastic Records y mismo que le valió su quinta nominación a los Latin Grammy.
La producción reúne doce composiciones que exploran la identidad, la maternidad, el deseo, las expectativas sociales y la reconstrucción personal.
Para la ocasión, el equipo gastronómico seleccionó cinco de ellas y las convirtió en cuatro preparaciones y una bebida, con la participación de Valenzuela en el desarrollo del concepto.

La preparación en masa del primer plato del menú: “NO TE ABURRAS DE MÍ”, basado en la canción del mismo nombre | Fotografía: Camila Morandé
“Conversamos y les dije que yo estaba con muchas ganas de poder crear una colaboración que fuera desde, por ejemplo, el menú hasta las gráficas que se iban a anunciar. Entonces fue muy natural, también, y muy linda la idea de tomar las canciones. Me encantó la vuelta que le dieron ellos”, cuenta la cantante.
NO TE ABURRAS DE MÍ, novena pieza del repertorio, aborda el temor de Valenzuela a dejar de resultar interesante o deseable para su pareja durante la maternidad. En la carta, bajo la frase “El deseo de seguir siendo mirada”, se convirtió en una burrata con pan negro, prosciutto crudo, aceitunas y pomodoro deshidratado.
Le seguía MALACARA, que ocupa el tercer lugar en la lista de canciones y fue la primera que compuso para el proyecto junto a Francisco Victoria y Roberta Nikita. Nacida de un período de enojo e impaciencia, se tradujo en un risotto de arvejas con espárragos, mascarpone y guanciale.

Fotografía: Camila Morandé
MALDITA, el tema que abre el álbum y le da nombre, inspiró unos sorrentinos trufados con setas, ajo negro, aceite de trufa y rúcula frita. Influenciada por Maldigo el alto cielo, de Violeta Parra, aborda la angustia, frustración y culpa que Valenzuela experimentó durante el posparto. La carta resumía su concepto con la frase “Lo sabroso de maldecir”.
DEBERÍA TOMAR MÁS AGUA, sexta canción de la producción, es un poema recitado sobre piano y cuerdas, construido a partir de pensamientos que Valenzuela anotó durante el posparto, entre registros de lactancia y búsquedas en internet. En el menú, se convirtió en una bebida de verbena, cedrón, limón y menta, servida entre los platos.
Finalmente, KOMOREBI, que ocupa el duodécimo y último lugar del repertorio, inspiró una panna cotta de hibiscus con frambuesas y avellanas. Su título proviene de una palabra japonesa que describe la luz del sol filtrándose entre las hojas de los árboles, una imagen asociada a la calma que caracteriza el cierre del disco.
Desde la cocina, decenas de platos salían de las superficies de trabajo donde habían sido montados casi simultáneamente. El servicio avanzaba según los horarios previstos, mientras los comensales iban descubriendo las interpretaciones gastronómicas de las canciones.
“La lectura que hay de cada canción, lo que representa como el sentimiento traducido a alguna cosa culinaria. Esa es la idea, crear una colaboración creativa desde otro frente, otra disciplina”, explicaría la artista.
Cuando MALDITA salió del menú
Son las 20:00 y la cena llega a su fin. Los asistentes permanecen en sus mesas mientras los músicos se preparan para el concierto, que comenzará media hora después. No hay un escenario elevado ni una platea separada: el piano está en medio del salón, a pocos metros del público.
Francisca Valenzuela aparece con su largo cabello negro suelto, un conjunto en tonos beige, accesorios de perlas y botas negras altas con cordones. La acompañan sus músicos, con guitarra e instrumentos de cuerda, que ocupan sus lugares entre las mesas.

Francisca Valenzuela, experimentando con los sonidos de un theremín durante su presentación en “Cena Maldita” | Fotografía: Camila Morandé
La cercanía permite seguir cada detalle de la presentación, desde sus movimientos frente al piano hasta los intercambios con la banda. El repertorio está dedicado principalmente a MALDITA, aunque también incluye canciones anteriores como Dulce, Muérdete la lengua y Quiero verte más.
Valenzuela pasa del piano a recorrer distintos sectores del salón. Durante SOY TU FAN, camina hasta una silla ubicada junto a la amplia escalera que conduce al palco del recinto. Allí se sienta, cruza una pierna y continúa cantando con el micrófono en la mano, entre gestos y miradas que acompañan el tono coqueto de la canción.
Con Dulce, el público también se convierte en protagonista. La cantante invita a los asistentes a seguir el estribillo y, en un momento, los instrumentos dejan de sonar. Durante unos segundos, solo se escuchan las voces de los presentes cantando el coro a capela.
La participación no se limita a quienes compraron una entrada. En otro momento del concierto, meseros y trabajadores de la cocina se agrupan al fondo del salón, levantan sus celulares con las linternas encendidas y vitorean a Valenzuela, quien les sonríe desde el otro lado.
También hay espacio para canciones más íntimas.
En DEBERÍA TOMAR MÁS AGUA, la artista sostiene unas hojas y recita, acompañada por piano y cuerdas, el texto que escribió a partir de sus pensamientos y anotaciones durante el posparto. Es la misma composición que, minutos antes, había aparecido en el menú convertida en una bebida de hierbas y cítricos.
En sus versos, las preguntas se suceden sin detenerse. Valenzuela pasa de las dudas sobre su trabajo y su vida personal a preocupaciones tan concretas como preparar una mamadera o reconocer un posible cólico.

Francisca Valenzuela durante la interpretación de la canción “SOY TU FAN”, en “Cena Maldita” | Fotografía: Camila Morandé
“¿Puedo escribir sobre esto honestamente? ¿Cuánto puedo decir? ¿Le va a doler a alguien que amo? ¿Tengo que pedir permiso? ¿Lo estoy haciendo mal? ¿Y si lo hago mal?”.
La enumeración continúa con preguntas sobre el cuidado de su hija, las tareas cotidianas y el tiempo dedicado al trabajo.
Y entre ellas, aparece otra inquietud: “¿Soy suficientemente agradecida?”.
Un disco fortuito
Cuando comenzó a pensar en lo que vendría musicalmente después de Adentro (2023), Francisca Valenzuela tenía en mente un proyecto musical festivo, enérgico y cercano a un espectáculo pop exuberante.
Sin embargo, su propia vida había cambiado.
En noviembre de 2024 se convirtió en madre por primera vez, y la llegada de su hija Roma dio inicio a una etapa que terminaría modificando no solo su rutina personal, sino también las preguntas que necesitaba abordar mediante la música.
“MALDITA surge porque me di cuenta de que había tanto que estaba viviendo que no lo veía representado, conversado o visibilizado culturalmente. No solamente en las conversaciones, digamos, en la sociedad… sino en el arte, también.”, cuenta a CNN Chile.
“Sí encontré lo que estaba viviendo como mujer tras la maternidad en otras disciplinas artísticas, pero no lo encontré en la música, y dije: ‘Qué extraño que no encuentro este álbum. Qué interesante esto que está pasando, que no se conversa’. Y más allá de querer gritar el tema y crear el disco que quizás no se había pensado así, de esa forma, sentí la obligación de hacerlo. Era como que no había otra vuelta”.

Fotografía: Camila Morandé
Durante el proceso, trabajó con el músico y productor chileno Francisco Victoria, con quien adaptó las sesiones de composición y grabación a los tiempos que permitía la crianza. Parte del material fue desarrollado en un estudio acondicionado dentro de su propia casa, entre siestas, interrupciones y momentos breves que podían aprovecharse para trabajar.
El resultado fue un disco de poco más de media hora, construido alrededor del piano, la voz, sintetizadores, percusiones y arreglos de cuerdas, con momentos cercanos a la palabra recitada y sonoridades que se alejan adrede de algunas de las estructuras más tradicionales del pop. Pero antes de fusionarse en un álbum, esas canciones fueron una forma de intentar comprender el cambio radical que atravesaba su propia rutina.
“Mi idea no era hacer un disco sobre la maternidad ni la mujer tras la maternidad. Era hacer otro disco”, insiste ella. “Pero me di cuenta de que lo que estaba viviendo era tan revolucionario… Y me sentía tan ignorante, tan poco preparada, tan fracasada, realmente. Tan… cuestionándomelo todo, que dije: ‘Esto tiene que ser parte de la experiencia de este álbum’. Porque, justamente, mis canciones y lo que yo creo artísticamente tienen que ver con la necesidad de poder atravesar las vivencias y entender el mundo. Entenderme a mí… Vivir’”.
Y resume esa urgencia en una frase: “Es una herramienta de sobrevivencia”.
Cuenta que comenzó a encontrar la identidad del proyecto cuando advirtió que las canciones compartían una perspectiva y podían formar parte de un relato mayor.
“Dije: ‘Si acá hay que sobrevivir más que nunca, esto tiene que ayudar’. Entonces, no tomó forma como tal, como álbum, hasta ya componer y escribir bastante, y entender que había un punto de vista, entender que había una historia y que la historia iba más allá, incluso, de la pura maternidad o las partes oscuras de la maternidad. Además de las luminosas”, explica.

Fotografía: Camila Morandé
“Tenía que ver con el sentirse que uno fallaba. Y esta presión de rendir, y esta presión del éxito en todos los aspectos, que también atraviesa la maternidad”, continúa. “Lo luminoso está ahí, también está el enamoramiento. Está el duelo de nacer de nuevo, quizá, con tu hijo o tu hija. Y también habla de los cuidados en general”.
Lleva, entonces, su reflexión al plano colectivo.
“Fue una revolución decir: ‘¿Cómo esto es algo que yo no me había detenido a indagar?’. Más aún viendo cómo las mujeres, históricamente, ayer y hoy, no solamente sostienen, cuidan, maternan en todas sus formas… Muchas veces, por ser mujer, alzar la voz, atravesar lo tabú, además, son condenadas. Son juzgadas. Además, somos incomprendidas”.
Y concluye: “Por eso sale MALDITA. Desde el resignificar esa oscuridad y esa rebeldía femenina”.
“Uno aprende a ser madre con el tiempo”
Las preguntas que Valenzuela recitó frente al público en DEBERÍA TOMAR MÁS AGUA reaparecen durante la conversación, esta vez al hablar de cuánto espacio existe para reconocer las dificultades de la maternidad sin que eso ponga en duda el amor por un hijo.
“Yo creo que se romantiza mucho. A veces lo que se transmite y se cuenta se carga siempre hacia un lado”, señala.
“Y sin duda está ese lado, ¿verdad? Está el lado del enamoramiento, está el lado de una relación como ninguna que uno ha tenido antes y realmente una dedicación que uno hace con una entrega total. Pero eso no quita que hay dificultades, que hay sustos, que hay cosas que uno no sabe. Uno aprende a ser madre con el tiempo. Todo el mundo te dice: ‘Tienes instinto’. Claro, hay cosas que puede ser que sí, pero también puede que no”.

Fotografía: Camila Morandé
Recuerda, entonces, sus propias dudas y continúa: “Y además, con pensamientos difíciles, entrando a unos momentos medios oscuros. Yo decía: ‘¿Dónde se conversan estas cosas?’, ‘¿Por qué nadie me muestra, nadie me dice?’. Y no son solamente cosas prácticas. Las microdecisiones, las miles de microdecisiones. Es una cosa como de ti, ¿no?”, remata en tono enérgico, con las palmas abiertas a la altura del vientre.
“¿De las entrañas?”, se le pregunta.
“¡Sí!”, exclama de inmediato. “Y de esta cosa que se asume que las mujeres, porque pueden, deberían hacer todo y hacerlo así nomás. Todas las cosas que tienen que ver con las mujeres en general, yo diría, y la maternidad. Ahora me doy cuenta que son invisibilizadas, que son tabúes. Porque, claro, es un momento de bendición, algo increíble… pero a la vez, puede ser contrastante, puede ser conflictivo. Puede venir con una parte oscura. Y eso no excluye lo bueno. Y eso no significa que uno sea mala madre. Van de la mano, pueden coexistir, pero es difícil aceptarlo, entenderlo y poder manejarlo”.
¿Y si dentro de cinco, diez o veinte años otras mujeres escuchan MALDITA y se reconocen en esas canciones? “Me encantaría mucho que así fuera. Humildemente…”, empieza diciendo.

Fotografía: Camila Morandé
“Me encantaría que MALDITA ofreciera esa compañía, esa contención que yo sí encontré en literatura, en cine, en conversaciones con otras mujeres. En esa red de apoyo personal, amistoso, familiar y profesional, también. Que fuera una obra que ofreciera esa contención y esa compañía para las personas que se pueden sentir inadecuadas o se sienten confundidas. Y un espacio para enfrentar, navegar, atravesar esa ira, esa culpa. Esa sensación de insuficiencia. Me encantaría que fuera eso”, concluye.
Partir de nuevo
Esa noche, Valenzuela también cantó Muérdete la lengua, la canción que la lanzó a la fama y dio nombre, también, a su primer disco, publicado en 2007.
Desde entonces, ha editado siete álbumes de estudio, levantado su propio sello, Frantastic Records, y fundado Ruidosa, una plataforma y festival que desde 2016 aborda la representación de las mujeres en la industria musical.
“Hay una gratitud no solamente por lo trabajado y lo vivido, también por la vida misma”, reflexiona en torno a su trayectoria profesional. “Esto es una aldea en todos los frentes; sea en el frente familiar, sea en el frente laboral en vivo, sea en el frente laboral discográfico. Aunque sí soy independiente, pero siempre ha sido de la mano con otra gente. Claro, yo he liderado, he empujado, he chicoteado. Pero estamos ahí, trabajando juntos”.
Confiesa además que, aún después de casi dos décadas en el rubro, también sigue descubriéndose una novata.
“A veces siento que estoy como partiendo de nuevo…”, sonríe, para después corregirse: “Siempre“.
Y continúa: “Creo que estas carreras tienen un poco eso, que hay como un renacer constante en la evolución. Muchas cosas, también, se sienten como que estoy recién empezando. Y hay mucho camino que recorrer, ¿cachái? Y mucha ambición, y hambre, y curiosidad. Reconozco y me tomo muy en serio la oportunidad de tener una vida creativa. Y dedicar tu vida a hacer arte y hacer música… especialmente tu música”.

Fotografía: Camila Morandé
“Y siendo tú. No tener que conceder y comprometer eso. Yo creo que eso sí es un mérito y un logro. Pero a la vez, también es algo que agradezco mucho, porque sé que muchos artistas no tienen esa oportunidad”.
En Factoría Italia, en tanto, esa búsqueda encontró una forma distinta de manifestarse.
Un piano rodeado de mesas, un repertorio presentado a pocos metros de los asistentes y un menú construido a partir de canciones que originalmente nacieron de una experiencia profundamente personal.
Después de casi dos décadas de carrera, Francisca Valenzuela sigue encontrando nuevas maneras de volver sobre su propia música.
Y, como ella misma dice, de sentir que está partiendo de nuevo.
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