Por Mónica Rincón

Eligió algo que nadie querría: dormir en la cárcel. Desde el 21 de marzo, Nelly León, capellana de la Cárcel de Mujeres de San Joaquín, vive con las reclusas.

No quiso exponerlas ni a ellas ni a sus compañeras de comunidad religiosa al riesgo del contagio por COVID-19. Advierte: “No estamos preparados en ninguna cárcel para enfrentar el COVID-19”.

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Les falta desde lo básico como jabón, porque “el Estado no provee los útiles de aseo a los privados de libertad”, hasta lo más relevante; la compañía de sus familias porque las visitas están suspendidas.

Y respecto a la polémica por el indulto conmutativo, afirma: “Los que se negaban al indulto conmutativo siento que son mezquinos… y es que no son los pobres los que están decidiendo la vida de los pobres”. 

—¿Primera vez que duermen en la cárcel?

—Sí, primera vez. Desde las 8 de la mañana hasta las 17:30 es puro ruido. Y de ahí empieza a bajar un silencio que es un silencio profundo, porque no hay nada alrededor… de repente se escucha un grito… de repente el candado del sector donde estoy yo suena.

Había pensado salir unos días, pero mientras aquí no hayan contagios, me siento bastante más segura acá.

—¿Cuáles son los temas que más hablan las reclusas con usted?

—Hoy día son las angustias: que quiero saber cómo están mis hijos, que no he sabido nada de ellos, que ayúdeme con una llamada.

Y sobre todo son sus historias personales. Uno llega a entender por qué están presas. Sus vidas son de harto dolor, abandono, abusos, maltratos.

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—¿Cuánto miedo hay al contagio?

—Hay harto miedo. Las internas también se asustan y sobre todo cuando las funcionarias empezaron a usar mascarilla, fue un tema. Dijeron “Aquí hay alguna contagiada, por qué están usando las funcionarias mascarilla”.

—¿Las medidas sanitarias que se han tomado han sido las adecuadas?

—Creo que han sido las adecuadas dentro de la precariedad que se vive en una cárcel, quizás se tomaron un poco tarde. Nos hemos preocupado de la higiene, ya todas las funcionarias usan mascarillas, a las internas también se les repartieron… pero hay cosas que nos sobrepasan.

Nos conseguimos el sanitizador para que puedan ingresar los gendarmes y se sientan un poco más seguros, porque ellos están muy asustados con lo del contagio de Puente Alto.

—¿Cuánta gente duerme por pieza?

—Depende: 18, 20 en cada pieza. Entre camarote y camarote puede haber un metro, pero ellas se topan en el baño, en el pasillito del dormitorio.

Y hay otros patios donde duermen 30, 40, 50 mujeres en un solo dormitorio de 40 m2.

Hoy son cerca de 600 las reclusas, antes eran 2200 así es que hoy yo diría que aquí en San Joaquín no hay hacinamiento.

—¿Hay acceso a agua y jabón que es una de las medidas básicas de higiene y sobretodo con el coronavirus?

—Todos los dormitorios tienen agua aquí. Pero hemos tenido que entregar jabón para el lavado de manos y gracias a voluntarios. Porque el Estado no provee los útiles de aseo a los privados de libertad.

A muchas mujeres, con la suspensión de las visitas, no les están viniendo a dejar encomiendas porque es riesgoso salir o no tienen recursos.

—¿Qué más necesitan en las cárceles?

—Se necesita alcohol gel para que todos los gendarmes anden con su alcohol gel si no están en un punto donde puedan lavarse las manos, implementos de salud. Y médicos necesitamos. Creo que en el personal deberíamos estarnos haciendo test de manera preventiva.

—¿Cómo ha impactado la suspensión de las visitas?

—Desde el 1 de abril, que se suspendieron. Aunque en algunos patios, ellas mismas habían decidido no recibir más. Tienen más tiempo ocioso, cuando no tienes visita, te quedas sin incentivo para hacer algo.

Primero se suspendió el colegio, ya no vienen los profesores. Todo el voluntariado de los talleres, eso también está suspendido… entonces, no hay personal que esté conteniendo a las mujeres.

—¿Se nota mayor tensión o estrés al interior de la cárcel?

—Sí, mayor tensión y estrés, no saber qué va a pasar, cuánto dura esto, dónde puedo estar segura: ésas son las preguntas que yo también me hago y que se hacen acá todas las mujeres.

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—¿La convivencia entre las internas ha cambiado?

—Sí, ha cambiado. Algunas se desestabilizan emocionalmente, están con mayores angustias. Gracias a Dios aquí hay una psiquiatra, entonces está permanentemente atendiendo, eso ayuda.

Pero claro, tienen angustia y eso les provoca estar más irritables y al estar más irritables los roces no son como cualquier roce.

—Luis Roblero, capellán de gendarmería, dijo que el gobierno estaba preparado para controlar una emergencia de seguridad, pero no una sanitaria al interior de las cárceles. ¿Qué opina?

—Opino lo mismo. A los gendarmes los preparan para un motín, pero nadie está preparado para esta emergencia sanitaria. Porque además el sistema de salud en Chile es malo, es muy malo el sistema público.

Y en las cárceles es doblemente malo. Piensa tú que acá teníamos un doctor dos veces por semana, los viernes y los sábados y es adulto mayor y ya no está viniendo hace ya 3 ó 4 semanas que no viene.

Sólo tenemos dos kinesiólogos, uno cada día. Una paramédico y la matrona. No estamos preparados en ninguna cárcel para el COVID-19.

—¿Cómo están viviendo esta crisis por el coronavirus las y los gendarmes?

—Sus sentimientos no son distintos de los de las internas, también están con estrés. Muchas funcionarias son mamás jóvenes, mamás solteras que tuvieron que enviar a sus hijos al sur cuando empezó esta pandemia.

Entonces la angustia de no ver a los hijos, acá hicieron turnos bastante conciliadores de 5 días trabajando y 5 de descanso. Pero muchas tampoco en esos 5 días pueden viajar por el riesgo que implica tomar un bus.

El otro día vino una funcionaria muy triste y me dijo “hermana ¿me puede dar un abrazo?” ¡Claro que le di el abrazo! ¿Cómo no se lo voy a dar?

Si esto continúa así se nos va a venir un tiempo más complicado aún, porque la gente no soporta el estrés no más.

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—¿Cuándo dices que podría venir un tiempo muy difícil en qué estás pensando?

—Para todos los que estamos aquí, el temor más grande es que hayan casos de COVID-19. Porque ahí la cuarentena no sé cómo la vamos a abordar.

Tenemos un espacio preparado, un módulo con 35 camas para separar a las mujeres que pudieran estar contagiadas. Luego el patio del que ella salió que da completo en cuarentena.

Pero si tenemos más de 20 yo ya no sé cómo podríamos abordarlo.

—¿Cuál es el temor entre las internas frente al COVID-19?

—Sobre todo las adultas mayores tienen mucho temor. Hay un grupo también de extranjeras… el otro día una boliviana me dijo abiertamente “ayúdenos, las bolivianas queremos ir a morir a nuestro país”.

Ellas saben que están en riesgo, ven que se mueren los adultos mayores. Y están muriendo los pobres también, son ellos los más afectados que no pueden hacer cuarentena, que no se pueden cuidar.

—¿Cómo la han tratado?

—Maravillosamente. Hay muchas mujeres muy buenas acá.Yo he visto acá una solidaridad impresionante, de compartir, de estar dispuestas a colaborar. Si no hay útiles de aseo para repartir, una dice “ yo le comparto”.

Creo que uno descubre la bondad en cada una de ellas, esta pandemia por lo menos aquí está sacando lo mejor de las mujeres.

—Usted creó mucho impacto con su frase “en Chile se encarcela la pobreza”. ¿Cómo lo ve en estos días?

—Es que los pobres son los que están presos. Si no, preguntémonos dónde están los condenados por otro tipo de delitos: en clases de ética o cumpliendo su pena en sus casas, que es una vergüenza.

Con lo del indulto conmutativo, costó mucho. Siento que los que no querían son mezquinos. Y es que no son los pobres los que están decidiendo la vida de los pobres. Los que deciden llegan a sus casas y comen y duermen bien; no todos están penando en los de menos recursos.

Son ellos los que se están muriendo. Porque un pobre se enferma y ¿adónde va? Al sistema público. Inauguran un hospital y hay enormes colas para ir a buscar sus remedios con todo el riesgo de contagio.

Los de más recursos, tienen todos los implementos y ¡qué bueno que los tengan! Pero lo ideal sería que todos se pudieran proteger por igual.

Chile es un país tan desigual, los ricos muy ricos y los pobres muy pobres. Esa brecha ¿cuándo la vamos a acortar?

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—¿Cuál es la diferencia en cómo viven en el encierro las mujeres? Tengo la impresión de que a ellas sus parejas las abandonan más que a ellos…

—Tal cual, hace unos 5 años se hizo una pequeña estadística: el 90% de las visitas de los hombres son mujeres: sus madres, esposas, hijas que los van a ver. Y en la cárcel femenina, el 80% de de las visitas también son mujeres. Son pocos los hombres que acompañan a sus parejas en este proceso. Y las internas por muy dañadas que estén nunca dejan de ser mamás.

—¿Cómo lo viven las reclusas que están con un hijo de menos de 2 años con ellas al interior de la cárcel?

—Están preocupadas como todas las mujeres, porque además tienen otros hijos afuera. Para cuidarlas, están confinadas al patio donde viven. Son 8 mamás y dos embarazadas. Desde que se empezó a hablarse lo del indulto, ellas preguntaban cuándo, cuándo va a ser.

—¿Cómo ve la sociedad a los presos?

—En tiempos de campaña el caballito de batalla es la mano dura, no a la puerta giratoria, entonces ese concepto se va arraigando. Y claro uno no quiere ver a los presos y sentir que es un ser humano igual.

Ellos han cometido delitos y tienen que pagar, pero de qué forma los hacemos pagar. Si yo hubiera vivido sus vidas no sé si hubiera sido peor. La desigualdad en Chile es tan brutal, produce delincuentes: nacen con rabia y no conocen desde niños otra forma de relacionarse.

Siempre las cárceles han sido terribles. El otro día Sergio Micco me contaba que fue a una cárcel de hombres: comían, dormían y hacían sus necesidades ahí mismo. Es indigno, ningún ser humano puede aguantar eso.

—¿Tiene miedo Nelly?

—Sí, tengo miedo, tengo miedo. Pero también tengo clara una cosa: no voy a abandonar el buque.

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