Columna de Guillermo Pérez: Fachos pobres

Por Guillermo Pérez

03.11.2021 / 15:36

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De cara a las elecciones del 21 de noviembre, el investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) comentó que “el mundo de Boric debiera intentar comprender y, al menos, estar abierto a modificar algunas de sus premisas en favor de los amplios sectores marginados que dicen defender. Dicho en simple, es relevante tomarse en serio a quienes votan por Kast y no despreciarlos”.


Durante la campaña presidencial entre Donald Trump y Hillary Clinton, la candidata del Partido Demócrata aseguró que a la mitad de los partidarios del ex presidente de Estados Unidos se les podría incluir en lo que llamó la “cesta de los deplorables”. Para Clinton, eran simplemente “racistas, sexistas, homofóbicos, xenófobos, islamófobicos, lo que sea”. Aunque luego se arrepintió de estas declaraciones, lo cierto es que para la candidata demócrata nunca fueron muy relevantes los motivos que explicaban el apoyo a su adversario.

Si este guion suena conocido, es porque se trata exactamente del mismo que está aplicando buena parte de la izquierda con los posibles votantes de José Antonio Kast. Como en busca del Trump perdido, intentan por todos los medios simplificar el debate culpando a los adherentes del candidato del Frente Social Cristiano de ser una tropa de ignorantes, discriminadores y fachos pobres. Para ellos, el votante de Kast sería algo así como el mayordomo que aparece en Django, la película de Quentin Tarantino: personas esclavizadas por un modelo que no alcanzan a entender y que rinden pleitesías a los mismos amos que los desprecian.

¿Cómo pueden votar por Kast si Chile despertó?, se preguntan, conmocionados. La indignación les impide comprender que, después de dos años, el supuesto despertar de Chile ha ido adquiriendo ribetes de tragedia en muchos sentidos. La incertidumbre económica, la persistente violencia, el bloqueo de la clase política y los ánimos refundacionales de ciertos grupos ponen en serio entredicho los discursos híper optimistas del octubrismo. Así, y tal como constató el cientista político Juan Pablo Luna hace algunas semanas, no es descabellado pensar que el anhelo de cambio que emergió del estallido social esté girando hacia uno por mayor orden, seguridad y certeza. Y a pesar de todos sus problemas, quien parece estar encarnando ese giro es precisamente José Antonio Kast.

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En este sentido, la Convención Constitucional está aportando a que el fenómeno Kast se siga amplificando. Son tantos los errores no forzados y las declaraciones desafortunadas de Elisa Loncón, Jaime Bassa y los convencionales afines a ellos que más de alguien ha sugerido con cierta ironía que el Partido Republicano los infiltró ahí para destruir la Convención desde adentro. Esto se debe, entre otros motivos, a un profundo error de diagnóstico de buena parte de la izquierda más radical presente en la Convención respecto de nuestra crisis social y política. Obnubilados por los discursos revanchistas de quienes ven el estallido social como un momento cero y a la Convención como el espacio ideal para refundar, han ido perdiendo conexión –aunque con estas reacciones no queda claro si alguna vez la tuvieron– con el malestar social que originó nuestras múltiples crisis y, en particular, con la dimensión pacífica de la protesta de octubre y noviembre de 2019.

Dicho de otro modo, su aproximación al estallido de octubre y a su propio trabajo como convencionales les impide notar que los ánimos de la ciudadanía son especialmente difusos y cambiantes –las percepciones políticas de los chilenos no se quedaron paralizadas para siempre en el 18 o el 25 de octubre– y que la interpretación octubrista sobre nuestro pasado, presente y futuro no tiene el éxito asegurado. Esto es especialmente grave de cara al plebiscito de salida, pues si esta dinámica continúa no solo va a crecer Kast, sino que también podría hacerlo el rechazo al proyecto de carta fundamental que le propongan a los chilenos.

Asimismo, Gabriel Boric y sus voceros no parecen estar haciéndolo mucho mejor. Cada declaración de Nicolás Grau y compañía poniendo incertidumbre a un escenario complejo, dándole cancha al partido comunista –si quiere gobernar, Boric va a tener que romper con ellos tarde o temprano–, o siendo ambiguos con asuntos relevantes para los chilenos –como orden público y pensiones–, puede convertirse en un voto más para José Antonio Kast el 21 de noviembre.

Sin embargo, los problemas al interior de la candidatura de Boric son más profundos que solo desaciertos comunicacionales. En los últimos días, de hecho, pareciera que da lo mismo quien hable; no importa si es Pardow, Sanhueza o Depolo, las dificultades e inconsistencias se repiten una y otra vez. Paradójicamente, es un síndrome parecido al del piñerismo, que en dos gobiernos no alcanzó a notar que el problema no eran tanto los voceros como el mensaje. En el caso específico de Gabriel Boric, esto se debe, entre otras cosas, a que hay ciertas ideas estructurales en su proyecto político que están muy lejos de calzar con el ánimo ambiente.

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Pensemos, por ejemplo, en migración. A pesar de que en el programa de gobierno presentado hace unos días Gabriel Boric modera las expectativas iniciales sobre el tema, la izquierda a la que representa tiende a enceguecerse con los discursos cosmopolitas y de apertura de fronteras. Esto les ha impedido captar que la llegada masiva de extranjeros genera problemas de convivencia profundos, sobre todo entre los inmigrantes y los chilenos de los sectores más vulnerables. Muchas veces la única explicación de la nueva izquierda a las quejas respecto de la inmigración es el racismo o la xenofobia de quienes las emiten; sin embargo, esta razón no alcanza a explicar los múltiples problemas del fenómeno. De esta forma, José Antonio Kast se apropia con facilidad de los vacíos que la izquierda cosmopolita va dejando en el camino y donde los discursos de “nadie es ilegal” y “todos somos migrantes” solo dejan contentos a quienes los emiten a muchos kilómetros de las zonas de conflicto.

Algo similar ocurre con el tema de las pensiones. Innumerables veces se le advirtió a la izquierda que promover la lógica de los retiros con argumentos individualistas podía volver imposible la creación de un sistema de seguridad social más solidario. Después de haberle dicho a la ciudadanía que los fondos de pensiones eran suyos y que podían disponer de ellos como quisieran, ¿cómo pretenden que ahora la gente defienda la idea de que el Estado se haga cargo de sus platas? Después de haber alentado activamente los retiros, ¿cómo no va a causar resquemor en los votantes que Claudia Sanhueza diga que “el trabajador no tendrá propiedad sobre el nuevo ahorro, sino que tendrá derecho a la seguridad social”?

Ninguna de estas aprensiones significa que Kast tenga las respuestas a los problemas de los chilenos. De hecho, está muy lejos de eso. Sin embargo, es preciso reconocer que el candidato del Frente Social Cristiano ha dado en el clavo a la hora de aproximarse a ciertas dificultades relevantes para los ciudadanos de un modo que les hace sentido, por más problemáticas que resulten algunas de sus propuestas. Por lo mismo, antes de fachopobrear, el mundo de Boric debiera intentar comprender y, al menos, estar abierto a modificar algunas de sus premisas en favor de los amplios sectores marginados que dicen defender. Dicho en simple, es relevante tomarse en serio a quienes votan por Kast y no despreciarlos. Ese parece ser el camino adecuado, y no el de Hillary Clinton, que ya sabemos cómo terminó.