El viernes recién pasado, falleció una figura señera del socialismo chileno, Camilo Escalona Medina. Su partida produjo una gran emoción colectiva, y no solo entre socialistas y en las izquierdas: su biografía era tan magnífica, su origen tan popular y su práctica política de tanta apertura sin claudicar en sus convicciones, que le valió el reconocimiento de varios de sus adversarios.
No queda mucho por agregar: se han contado todo tipo de anécdotas y episodios, los que describen a una militante socialista ejemplar.
Sin embargo, hay un capítulo vital de su vida que me interesa relatar, y es su ingreso al Partido Socialista. Fue el mismo Camilo Escalona quien me lo contó hace varios años atrás: con esa sonrisa socarrona que lo caracterizaba, me dijo: “te voy a contar algo que lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer”.
Corría el año 1968 o 1969: nos encontramos en el patio de un colegio de San Miguel, con un Escalona de 13 o 14 años. En ese patio, un “rucio bien rucio” de 17 años arengaba a los estudiantes hablando de socialismo, de cambio social y de igualdad: “los socialistas luchamos por otra forma de vida”, decía con pasión.
Una vez terminada esa arenga, Escalona se acercó a ese rucio y le dijo: “yo también soy socialista”, con lo cual se sellaba su ingreso al partido de Grove, Schnake y Allende.
Ese rucio era Fernando Joignant (el hermano de mi padre), y acababa de reclutar a Camilo Escalona.
Ambos partieron este año.
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