H.G. Wells, el autor del célebre libro de ciencia ficción, La guerra de los mundos, escribió otro libro, que es muy breve, casi un cuento, llamado El país de los ciegos.
En él un explorador intrépido, Núñez, busca escalar una montaña mitológica en la selva ecuatoriana-colombiana, desembocando en un lugar desconocido, donde todos los habitantes son milenariamente ciegos. Pueden y hacen de todo, pero no pueden ver ni conocen los conceptos de visión y ceguera, pues perciben de otra forma y han ordenado sus vidas a través del olfato, el oído, el gusto y el tacto.
Núñez lentamente se incorpora a esta sociedad, con cuidado, fantasiando con hacer realidad ese dicho que dice que “en el país de los ciegos el tuerto es rey”. Su reinado nunca llega, porque todo está arreglado para no regirse por la visión. Se enamora de la hija de uno de los jefes y, antes de casarse, le avisan que van a corregir su defecto estructural y van a extirparle esas membranas que ellos ya no tienen, y que Núñez llama ojos, para que Núñez sea alguien normal.
No sigo con el cuento, pero si quiere reflexionar sobre el presente crispado y excluyente, donde el otro sólo se acepta si es y vé el mundo como nosotros, esta joyita de cuento largo, abre la puerta para reflexionar sobre la empatía humana, la comodidad de la rutina y la inseguridad que sentimos cuando se proponen ideas que nos cuesta ver.
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