Cuando nos ponemos la capucha que nos impide ver todo lo que pasa y solamente nos fijamos en lo que nos importa o nos favorece, nos acercamos rápidamente a parecernos al fanático. Que, como lo definía Winston Churchill, es aquel que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema.
Bien distinto a lo que aspiraba otro inglés, el escritor Graham Greene, cuando decía “intento comprender la verdad, aunque esto comprometa mi ideología”.
La diferencia entre un ciego y un fanático es que el ciego sabe que no ve. El fanático jura que su único punto de vista es toda la realidad y por eso se niega a mirar lo que no calza con lo que cree.
Cuando la política se fanatiza, es imposible dialogar, no hay espacio para escuchar opiniones que no coincidan con las de uno. Un país en tono fanático se divide entre buenos y malos, en tuyos y míos, en amigos y enemigos, y eso convierte las posibilidades en decepciones.
Abrir los ojos en estos tiempos es fácil, mirar es más difícil porque fijar la vista y prestar atención puede hacer cambiar de opinión.
Finalmente, ver requiere grandeza porque, como dice Graham Greene, el riesgo es que lo que se vea sea distinto a lo que se creía. Y cambiar de opinión es terreno de humanos racionales, no de fanáticos.
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