Hay enfermedades que no se atienden en un hospital. Algunas de ellas son muy graves y, sin embargo, los enfermos pasean tranquilamente por la calle, visitan amigos, juegan a la pelota y no se dan ni cuenta que la padecen.
Podríamos decir que son enfermedades políticas, porque a pesar de no estar circunscritas a la política, allí se manifiestan con mucha frecuencia.
Una es el fanatismo, esa conducta de regir la vida por una única manera de verla, resistiendo a escuchar siquiera otras posibilidades. Leo el diario que dice lo que pienso; veo los programas de TV que calzan con mi ideología y solo me interesa hablar de eso.
Otra es el denominado pensamiento grupal. Me junto con otras personas, sí, pero sólo si piensan como yo, o son como yo. Calibrar un recién llegado al barrio, empresa o partido político es decidir, inmediatamente, si es como yo o no es confiable.
La enorme cantidad de personas y sus caracteres son rápidamente reducidas a un “este es de los míos o de los otros”.
En tiempos de crispación política mundial no se sorprenda si un amigo o vecino deja de hablarle. Cuando el mundo arde, el temor y la rabia, unidos por la ideología, te puede hacer parecer idéntico, pero algo en tí cambió: por muy sintiente que sea tu adversario, preferirás salvar a un mosquito, antes que dialogar con él.
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