Lo urgente no puede ser obstáculo en una campaña presidencial para hablar de lo importante. Y la democracia puede que no sea tema urgente, pero es relevante siempre.
Casi todos los candidatos tienen alguna declaración o actuación por la que dar cuenta. No es necesario apoyar un golpe de Estado —aunque hay un candidato que lo reivindica en las mismas condiciones del 73— para que haya posturas que preocupen o interrogantes que surjan.
Desde reivindicar Hungría (país con mal récord de irrespeto a DD. HH.) o El Salvador, donde se admiten juicios colectivos o errores como daños colaterales; calificar a Cuba de democracia diferente; esgrimir la supuesta inevitabilidad de las muertes de los primeros años de dictadura; o emitir declaraciones de admiración o respeto a dictadores nacionales o extranjeros, de ayer u hoy.
Los ciudadanos tenemos derecho a saber sus posturas y actuaciones, puertas adentro o afuera. Si es incómodo responder estas preguntas, no es por su reiteración.
Hacer un debate honesto exige también de los ciudadanos el ejercicio de revisar si el desagrado surge sólo cuando se cuestiona a su candidato o candidata.
Por de pronto, China es el ejemplo transversal de incoherencia y silencio. Ojalá no volvamos a esgrimir la autodeterminación como excusa, en el lugar que sea, porque no hay pueblo bajo una dictadura que haya decidido vivir bajo ella.
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