Esta semana, hemos sido testigos de lo mejor y lo peor de la clase política. Mientras la inmensa mayoría de los partidos hizo su tarea y logró llegar a un nuevo acuerdo constitucional, un parlamentario se lanzó al frívolo espectáculo disfrazándose de cocinero para atraer la atención y hacer un punto político.
Pero no es sólo culpa del diputado que no tiene idea de qué se trata la solemnidad del cargo, sino de un sistema político y medial que premia con protagonismo al que más se disfraza, grita o provoca.
De hecho, no es primera vez que vemos estos tristes e innecesarios shows en la arena política. Guitarras, pelotas, peluches parecen ser más útiles a nuestros políticos que enarbolar ideas y propuestas.
Bien haríamos desde la vereda que nos toque dejar de hacer rentable esas manifestaciones -y esos personajes- que horadan el poco prestigio que le queda a nuestra institucionalidad.
Ojalá que en esta nueva discusión constitucional que se abre no se pierda la oportunidad de establecer mecanismos que ya no hagan útiles estos desatinos. Porque si no es el pudor o la sensatez, por último que sea el pragmatismo el que devuelva la seriedad, el sentido de Estado y la responsabilidad a la clase política. Ojalá estemos aún a tiempo.
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