Como todos ustedes saben, la semana pasada un partido de Copa Libertadores fue suspendido tras el ingreso a la cancha de un grupo de barristas —no los vamos a llamar hinchas.
Horas antes, dos jóvenes habían fallecido en un incidente en las afueras del estadio. Lamentablemente, estos episodios ya no sorprenden. Llevamos décadas, literalmente, tolerando que ciertas dinámicas delictuales se tomen los estadios y todo lo que los rodea.
Las barras ejercen presión sobre los clubes y sobre los jugadores, que terminan cediendo sistemáticamente a todas sus exigencias. Son los verdaderos dueños de la pelota, del estadio y del juego. Los grupos violentos se han apoderado de la actividad, lo saben y lo hacen saber. Por mencionar solo un ejemplo: sorprende la cantidad de elementos que las barras logran ingresar al estadio, cuando a un simple hijo de vecino —yo voy con frecuencia al estadio— nos pueden quitar libros, lápices, botellas de agua, crema solar, si es que uno quiere ingresar cualquiera de estos objetos.
Ya no vale la pena seguir lamentándose por la desidia que ha tenido todo el sistema, pues nadie ha tenido la voluntad para acabar con este flagelo, y cuesta pensar que alguien la vaya a tener en un futuro cercano. Ni los dirigentes deportivos, ni las autoridades políticas, ni nadie ha querido ponerle fin a esta triste realidad. Cómo olvidar, por ejemplo, la glorificación del “barrismo social” —lo digo entre comillas— que se realizó durante el estallido.
En este escenario oscuro queda una pequeña luz de esperanza: dado que no tenemos capacidad alguna de corregir internamente el entuerto, la única posibilidad es que el castigo de la Conmebol sea tan severo, tan duro y tan lapidario, que nos veamos obligados a corregir esta situación por coacción externa. Ya que no podemos hacerlo por nosotros mismos, quizás la Conmebol lo haga por nosotros.
Es un triste reflejo de la realidad nacional: hoy por hoy, desafiar a la autoridad no conlleva demasiados costos. A ver si la Conmebol nos ayuda.
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