La derecha está a punto de enredarse en una de esas discusiones en las que tiene el secreto para entramparse justo en los momentos importantes, cuando tiene una oportunidad real por delante: ¿una lista parlamentaria o dos listas parlamentarias?
Aquí, por supuesto, influye la presión de los propios congresistas por reelegirse o elegirse, el nerviosismo ante el triunfo de Jeannette Jara. A mí me parece —y voy a dar cuatro motivos por los que creo que son mejores dos listas que una, ¿no?— que lo más sensato es optar por la competencia.
El primer motivo es que hay dos proyectos distintos compitiendo. Y, de hecho, están compitiendo, no deberíamos engañarnos. No son el mismo proyecto, no tienen los mismos candidatos presidenciales, ni las mismas categorías, historia o tradición. Serán los electores quienes deban decidir entre ambos.
En segundo lugar, una sola lista puede hacer perder votos. No es fácil convencer, por ejemplo, a alguien que simpatiza con el Partido Demócrata de votar por una lista que termine facilitando la elección de un candidato republicano o nacional libertario —y viceversa.
Tercero, la derecha ya vivió la experiencia de una lista única en la primera convención constituyente, y la experiencia, sobra decirlo, no fue buena.
Y cuarto, no caben todos los candidatos. Es imposible que una sola lista contenga a todos los postulantes. Por lo mismo, me parece mucho más sensato promover una competencia inteligente, antes que aferrarse a la quimera de una lista única.
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