Hace algunos días atrás, el presidente Gabriel Boric se refirió a la postura que una parte de la izquierda, comunista y frenteamplista (en este caso chilena, y no la uruguaya), ha adoptado ante la invasión de Rusia a Ucrania.
La postura del presidente Boric no puede ser más clara: es una invasión sin justificación alguna, que no responde a moldes ideológicos, sino a intereses imperiales. En las palabras del presidente: “El hecho de que un país con un ánimo imperialista, expansionista, invada otro violando de manera flagrante el derecho internacional y pretenda que normalicemos la apropiación de territorio es algo sencillamente inaceptable y por lo tanto tenemos que levantar la voz y decir: ‘Esto, no'”.
Por razones sumamente confusas e ignorantes de la orientación ideológica del gobierno de Vladimir Putin -de comunista nada, de ultra conservador todo-, una parte de la izquierda chilena se opone a cualquier tipo de apoyo a Ucrania bajo el cargo de hacerse parte del imperialismo estadounidense.
Esto se ve lamentablemente reflejado en las palabras de mi querido Miguel Lawner, compañero de cárcel de mi padre, quien acaba de amalgamar recuerdos de su pasado familiar con una interpretación de un conflicto que está tensionando el frágil equilibrio global entre varias potencias y candidatas a serlo. De pasada, critica sin fundamentos la política exterior del presidente Boric.
Calificar al gobierno ucraniano de Zelensky como nazi no solo es falso, es delirante: el partido nazistoide Svoboda no supera el 10% de los votos, y el partido comunista ucraniano que se afana en afirmar que el régimen de Zelensky es nazi apenas alcanza el 3,88% de los votos.
No se puede afirmar cualquier cosa a cualquier precio para reafirmar la identidad comunista a contrapelo de la realidad. El presidente Gabriel Boric ha esgrimido argumentos normativos para explicar por qué Ucrania es víctima de una agresión por Rusia, lo que debiese ser evidente.
El apoyo político y popular a esta política es considerable. Lo que no queda claro es por qué Rusia produce tanta fascinación en una parte de las izquierdas. Francamente, es incomprensible.
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