En el año 2005, el humorista estadounidense, Stephen Colbert, entró en la historia de la sicología humana, cuando acuñó el concepto de Truthiness o, castellanizándolo, Verdaderidad.
La invasión de Irak había sido consumada, basada en la información de que Hussein tenía y estaba fabricando armas químicas y nucleares. Cuando aquello se probó falso, Colbert satirizó las motivaciones para invadir, señalando: “es cierto que no se probaron esas cosas, pero ¿no siente usted, aquí en la guata, que invadir era lo correcto?”
Y nació un término, la verdaderidad de las cosas, definido como “conceptos o hechos que uno cree o desea que sean verdad, antes que algo que se ha comprobado como verdadero”.
Cuando la discusión política se crispa a concho, y los hechos no comprueban todo lo que creemos, salta la Verdaderidad al escenario. Y todo aquello que nos parece cierto lo calificamos de cierto.
Un espacio donde la evidencia sobra, porque las corazonadas y los sesgos son más fuertes que la realidad.
¿Le suena familiar esto? La sátira de Stephen Colbert resuena hoy, en medio del enjambre comunicacional más gigantesco de la historia. Y donde cada cual trata de disminuir sus miedos e incertidumbres a través de sus propias y exclusivas certezas.
Y surge el nuevo mantra de la verdaderidad, ¿cómo va a ser falso algo que, desde las entrañas, se siente como verdadero?
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