¿Está en decadencia la democracia? ¿El sistema político más exitoso de la historia dejó de cautivar a la ciudadanía, con su fórmula mágica de escuchar a la gente y permitirle que sea ella la que escoja a quién la represente?
A veces pareciera que sí, que la democracia pierde fuerza y ganas. Especialmente cuando se ha invertido décadas en introducir el opuesto como modelo. El opuesto de la democracia es la dictadura del individualismo. Cada cual vela por sí mismo y si tus condiciones de vida son distintas al resto, que te jodas.
La bienvenida a la humanidad de Pablo Neruda en sus Alturas de Machu Picchu es una oda a la inclusión humana: “Sube a nacer conmigo, hermano”. Hoy parece de una ingenuidad delirante. Rascarse con las propias uñas es el mantra. El vecino no es compinche, es competidor.
Y en un mundo de competencia, la hermandad nerudiana parece humo. Pero si hay humo es porque todavía hay brasas y algo de fuego. Todavía hay tiempo para sanar heridas del desamor y el egoísmo. Y quizás llegar a mirarnos más adelante en una buena Constitución como semejantes. Donde sientas que no tienes una Constitución que te dice: “¡jódete!”, sino una que te diga “te acompaño, te ayudo, te escucho, te apoyo”.
A veces soñar algo muy ingenuo es el primer paso para salir del hoyo. Ese primer paso no te lleva al tiro a tu destino, pero sí te saca del lugar donde estás.
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