Les llamaron “guetos verticales”. Las gigantescas moles de Estación Central se convirtieron en símbolo del debate sobre el tipo de ciudad que queremos construir. Un símbolo lamentable, con torres de 38 pisos, de fachada continua, donde la privacidad, el sol o el acceso a las áreas verdes están fuera de discusión.
Más allá de las irregularidades que permitieron entregar permisos ilegales, el debate es interesante. Porque estas torres atraen a personas que, pese a todo, consideran que mejoran su calidad de vida al mudarse a ellas. Salen de los guetos horizontales, aquellos de la periferia en que la luz del sol se paga al precio de largas horas arriba del Transantiago. Falta de acceso a comercio, educación y servicios, y muchas veces vecindarios dominados por la delincuencia y el narcotráfico.
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Como cualquier gran capital del mundo, Santiago necesita densificarse. La ciudad no puede expandirse ilimitidamente, como una mancha de aceite, aumentando cada vez más los tiempos de transporte. Sus habitantes tienen derecho a acercarse a centros de trabajo y estudio, y a los beneficios que entrega la vida urbana.
La clave es el cómo. La adecuada regulación para no destruir barrios tradicionales, realizar obras de mitigación vial y de áreas verdes, y salvaguardar condiciones mínimas de calidad de vida.
Los llamados “guetos verticales” son un ejemplo de cómo no hacer las cosas.
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