Las cifras son desoladoras. No sólo somos el país de la OCDE que menos invierte en investigación y desarrollo, tanto en el Estado como en las empresas; destinamos la mitad que el promedio de los países de América Latina y el Caribe, a los que tantas veces miramos con desdén.
En investigadores per cápita también somos los colistas de la OCDE y por lejos. 1 por cada mil trabajadores cuando el promedio de ese club son 8.
En verdad somos una anomalía: para un país de nuestro desarrollo económico invertimos una cifra ridícula en ciencia, tecnología e innovación. Y ahora el Presupuesto 2019 reduce esa ya magro número.
No se entiende. Cuando acabamos de aprobar un ministerio de la Ciencia y la Tecnología, cuando la OCDE nos advierte que tenemos que superar nuestra dependencia de la extracción de recursos naturales, cuando un país pequeño como Israel se convierte en líder de la sociedad del conocimiento, invirtiendo 10 veces más que nosotros (más del 4% contra menos del 0,4%).
El cortoplacismo está matando nuestro futuro. Nos estamos quedando abajo de la ola de transformación tecnológica que está cambiando el mundo, porque el compromiso con la ciencia y con la innovación se queda en bonitas palabras, pero no vale a la hora de meternos la mano al bolsillo.
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