Este 18 de septiembre, como todos los años, está previsto que el Presidente de la República y sus ministros acudan en procesión a la Catedral Metropolitana, para celebrar la independencia de Chile con una ceremonia religiosa presidida por el Arzobispo de Santiago.
Está previsto, porque ante la situación del arzobispo Ezzati, imputado por presunto encubrimiento de abusos sexuales contra menores, se han redoblado las voces que cuestionan la presencia de Ezzati, e incluso, la ceremonia misma.
En mi opinión, nada justifica que cuando estamos por cumplir 1 siglo de la separación de la Iglesia y el Estado, la república de Chile siga encargando a un culto religioso la ceremonia con que celebramos la independencia.
Simplemente, no corresponde que un Estado laico, diverso y pluralista mantenga esta rémora de la época en que Iglesia y Estado eran una sola cosa.
Por supuesto, la Iglesia Católica tiene todo el derecho a hacer su celebración e invitar a quien quiera, tal como puede hacerlo la Teletón, el Hogar de Cristo, los Bomberos o cualquier otra institución en Chile.
Pero la ceremonia del 18 de septiembre debería ser un festejo secular, que celebre lo mejor de nuestra historia y nuestra gente, no una actividad religiosa centrada en la prédica de un líder eclesiástico, que se permite aleccionar e incluso regañar, como ha ocurrido varias veces, a las autoridades civiles.
El hecho de que, además, ese discurso pueda ser dado por un líder cuestionado por graves casos de abusos contra menores hace más claro algo que ya es evidente. Que el Estado no puede celebrar su independencia presentándose dependiente de una autoridad designada por un Estado extranjero como el Vaticano, es una paradoja que ya no resiste más.
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