No hay en el planeta una cumbre tan cumbre como la del G20. Están ahí los líderes de países que representan el 85% de la economía y dos tercios de la población mundial.
Cada uno trae su propio conflicto: en Estados Unidos escala la investigación por la trama rusa; en Rusia la crisis armada con Ucrania; en China, la guerra comercial con Trump; y el príncipe saudí se presenta como sospechoso del horrendo asesinato del disidente Jamal Kashoggi.
El telón de fondo es también ominoso. Este club creado para coordinar respuestas globales tras las crisis asiática y la Gran Recesión parece cada vez más impotente ante el avance de un nacionalismo populista que limita el libre comercio, desdeña los derechos humanos e ignora la amenaza del cambio climático.
Y es que esta cumbre también puede servir como símbolo de la incapacidad de los Estados para manejar los efectos de la globalización. Sí, en el G20 están los líderes de Estados Unidos, China, Japón o Alemania, pero no los dueños de Facebook, Amazon, Apple o Google, imperios globales que han desarrollado un enorme poder para decidir cómo nos informamos, qué compramos, sobre qué conversamos e incluso por quién votamos.
Es tal su desafío que, pese a años de debate, el G20 ni siquiera ha podido ponerse de acuerdo en cómo cobrar impuestos a estos gigantes tecnológicos. Es que su poder está más allá de la fiscalización de cualquier Estado o de las decisiones de cualquier cumbre.
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