5 años, más de 700 millones de euros, 340.000 donantes de todo tipo, 2.000 personas que trabajaron restaurando. Estos son algunos de los números de la magnífica restauración de la Catedral de París, que fue inaugurada pocos días atrás y en la que participaron decenas de jefes de Estado de todo el mundo.
La ceremonia mostró la capacidad de un país que atraviesa, dicho sea de paso, una crisis política extraordinariamente severa, de unirse en torno a un símbolo del pasado, en este caso una catedral gótica de más de 800 años que representa muy bien la historia de Europa.
Es admirable el modo en que una nación, más allá de sus diferencias legítimas y de su tradición laica muy fuerte por lo demás, se unió en torno a la restauración de la catedral y pienso en lo siguiente, es fundamental valorar el pasado, preservar aquello que heredamos si acaso queremos proyectarnos al futuro sin perder de vista la dimensión trascendente de ese legado.
Si en nuestro país queremos resolver nuestros problemas, los muchos problemas que tenemos, haríamos bien en tomar nota, no hay futuro sin cuidado ese pasado, no hay futuro posible sin tomarnos en serio la herencia cultural que hemos recibido. Esa me parece, es la principal lección de la restauración magnífica de la Catedral de Notre Dame.
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