Se preguntan por qué tienen mala imagen, coinciden en que es necesario hacer cambios, pero una vez más no actúan en consecuencia.
El nombramiento de las altas autoridades administrativas del Senado ha sido a lo menos polémico. Primero aceptan que postule un fiscal en ejercicio en cuya fiscalía regional se llevaba una causa sobre el senador Ossandón. Nombran a Raúl Guzmán, pero destacan que el proceso de postulación fue impecable y que por primera vez participó en varias etapas una empresa externa que ayudó a seleccionar los nombres.
Pero cuando se trata del cargo de prosecretario no respetan los acuerdos de ese proceso. De los candidatos escogidos por dicha empresa, acordaron dejar a los cuatro nombres más votados. Pero no quedó sino 6° Aldo Cornejo, la carta de la DC, y entonces deciden que serán, ¿adivinen cuantos los que pasan a la siguiente etapa? Seis.
Esto no es sobre Aldo Cornejo, como antes no era sobre el ex fiscal Guzmán. Esto es sobre procesos claros donde no haya conflictos de interés ni siquiera potenciales y donde se respeten las normas que los propios senadores acordaron.
Puede que no sea una gran polémica, pero nuevamente deja un sabor amargo de no respetar las reglas del juego. Y eso es más grave en las autoridades. Porque en una democracia la formas sí importan.
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