Por Mónica Rincón
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Cuando mi abuela nació, las mujeres no eran ciudadanas ni siquiera de segunda clase, como decían Los Prisioneros. Recién a los 40 años pudo votar para elegir un presidente. Obvio, un hombre.

Las cosas han cambiado, es cierto, pero aún el balance es precario y triste. Por debajo del promedio de América Latina, en Chile el 49% de las mujeres trabaja fuera de casa, mientras que entre los hombres la cifra llega al 76%. El 64% de las mujeres que no trabajan ni estudian, es por los hijos o las tareas domésticas, razones que afectan sólo a un 2% de los hombres que no estudian ni trabajan. En ellos, sólo un 2% de los aduce esas dos razones.

Una de cada tres mujeres reconoce haber sufrido algún tipo de violencia sexual. 550 femicidios en la última década. La gran mayoría de ellas tiene doble jornada puertas afuera y puertas adentro: cada día dedican seis horas al trabajo no remunerado y ellos, 2,7. Para colmo, en promedio ganan 30% menos por igual trabajo que sus compañeros.

Poco se las reconoce. Por ejemplo, por cada calle que homenajea a una mujer, cinco a un hombre. Y sólo ha habido 109 parlamentarias y cuatro mil parlamentarios.

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Las cifras no mienten, en Chile o en el mundo. Aún hay 49 países donde no se castiga la violencia intrafamiliar y 37 donde se perdona la violación si la comete el marido o si el hombre se casa con su víctima. Y la ONU advierte que 15 millones de niñas nunca aprenderán a leer.

Por eso, por la urgencia y justicia de sus demandas, es que convoca tanto el feminismo. Por eso ayer eran tantas voces, no sé exactamente cuántas, pero es obvio que varias veces más que 150 mil. Para que lo anterior tuviera sentido, habría que restringir la superficie medida, como hizo Carabineros, al perímetro Plaza Italia-Echaurren sin considerar nada más de lo aledaño. Y aceptar además que en esta superficie (un metro cuadrado) había 2,3 mujeres. Evidentemente, no fue así.

No hay otra forma de discriminación que afecte a más gente que la de género: toca a la mitad del planeta. Las sufragistas del siglo pasado, las jóvenes de mayo de 2018, lo saben: esto no es una moda, no es una ola; es una ola tras otra. Para impulsarlas se necesitan políticas que, como decía Galeano, rasquen, pero rasquen donde pica.

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