El informe mundial de competitividad nos trajo malas noticias. Chile perdió 7 puestos, su peor caída en 20 años y la más abrupta entre los 63 países medidos. De inmediato se desató nuestro deporte nacional favorito: echarle la culpa la este gobierno o al anterior.
Un juego de culpas inútil, porque la caída de Chile es sostenida y cruza gobiernos. En 2015 éramos número 19, hoy somos 42. Caímos con Bachelet 1, con Piñera 1, con Bachelet 2 y con Piñera 2.
¿En qué estamos mal? Lo sabemos hace mucho tiempo. Productividad, administración de los negocios e infraestructura científica marcan en rojo.
En concentración científica somos antepenúltimos entre los 63 países. En las patentes de alta tecnología, también antepenúltimos. En exportación de tecnología, inversión en investigación y desarrollo, cantidad de alumnos por profesor, enseñanza de ciencia en los colegios, habilidades de lenguaje, estamos del puesto 50 hacia abajo, en el sótano del llamado ranking del talento.
Con todas estas cifras, ¿de verdad alguien puede decir que esto es culpa de un gobierno, de un presidente o de una reforma? La trampa de los ingresos medios nos tiene entrampados hace rato y eso no se soluciona como lo hicimos tantos años, sólo sacando más cobre en bruto o vendiendo más harina de pescado, sino invirtiendo en el recurso más valioso del mundo actual: el talento, el conocimiento y la creatividad de nuestra gente.
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