Dos tranques de relaves mineros, una planta de residuos líquidos, dos vertederos que procesan dos tercios de la basura de Santiago y una planta criadora de cerdos.
Todo eso, y más, está en Til Til, una comuna que se ha convertido en el basurero de Santiago, y ahora de Chile: hoy el consejo de ministros aprobó la construcción de Ciclo, la mayor planta de residuos industriales del país.
Los vecinos han reclamado por meses y esta noche vuelven a protestar. Temen problemas de salud, además de los malos olores, la pérdida de calidad de vida y la desvalorización de sus propiedades. Si hasta el tren que alguna vez los conectaba con Santiago, hoy sólo sirve para que la capital lleve hacia allá su basura.
Til Til se convierte así en el nuevo símbolo de un concepto tristemente famoso: las zonas de sacrificio. Mejillones, Chañaral, Freirina, Quintero, Coronel son algunos de los lugares en que sus habitantes pagan en carne propia los costos del desarrollo económico del país.
¿Qué tienen en común? Ser lugares pobres, en que los vecinos no tienen influencia, y, por supuesto, donde los empresarios que ganan y las autoridades que permiten estos proyectos, no viven ni veranean.
Por eso, más allá de que este nuevo relleno sanitario cumpla con las formalidades legales, la pregunta es más profunda: es sobre cómo tener un desarrollo equilibrado, que no sacrifique a algunos chilenos en aras del progreso.
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