Bob Dylan es el nuevo Premio Nobel de Literatura. Un golpe de la academia sueca para derribar las artificiales murallas levantadas por siglos para separar la literatura de la oralidad, la academia de lo popular, y la palabra escrita de la poesía cantada. La decisión más moderna del Nobel es en verdad una vuelta a las raíces de la cultura.
Sí, porque antes de las academias, las bibliotecas y las élites literarias, la poesía fue un asunto popular, oral y muchas veces cantado. Los trovadores y los juglares son parte fundamental de la historia de la literatura, y la figura del cantautor, que Bob Dylan representa como nadie, recoge ese legado.
Dylan fue la voz de una generación, el artista más dotado para escuchar esas respuestas que soplaba el viento en los sesenta, con una lírica urgente y política, pero de tal belleza que ha soportado incólume el paso de medio siglo desde sus composiciones clave.
El año pasado la academia ya había derribado una muralla al premiar a una autora de no ficción. Ahora, hace lo propio con un músico. El premio más importante del mundo sale de los encasillamientos y toma aire en la realidad y en la poesía cantada. Los tiempos están cambiando.
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