59 misiles Tomahawk lanzados por Estados Unidos contra una base militar siria. Fue la respuesta al horrendo ataque con armas químicas del que se responsabiliza al dictador Bashar al Assad, un hecho que gatilló la primera crisis internacional de Donald Trump en la Casa Blanca.
La respuesta de Trump no fue muy distinta de las que aplicaron sus predecesores en el cargo en casos similares. Trump había advertido al entonces presidente Obama no atacar Siria sin autorización del Congreso, pero ahora hizo precisamente eso, demostrando una vez más que el inquilino de la Casa Blanca, sea demócrata o republicano, está limitado en política interna, pero maneja poderes imperiales sobre la vida y la muerte más allá de sus fronteras.
Trump justificó su reacción por la muerte de niños en el ataque químico, en un súbito interés humanitario por los mismos civiles sirios a quienes ha intentado cerrar cualquier esperanza de un asilo que pueda salvar sus vidas.
Las consecuencias son incalculables. Hasta ahora Trump se anota su primer triunfo político, con amplio apoyo interno, y también en países europeos, a su acción. Además pone distancia con Rusia, algo que le viene bien en medio de las revelaciones sobre los íntimos vínculos entre su equipo de campaña y Moscú. El gobierno de Putin es el principal aliado de Assad, y sus tropas combaten junto a las sirias.
Eso hace que la apuesta de Trump sea doblemente arriesgada, y hace imposible anticipar cual será el siguiente movida de esta crisis, desde Damasco, Washington o Moscú.
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