Columna de Ricardo Carrasco: Patricio Guzmán, el guardián de la memoria

Por
Patricio Guzmán/Agencia Uno/Archivo

Patricio Guzmán ha partido. Con él desaparece uno de los grandes cineastas chilenos y uno de los autores que contribuyeron de manera decisiva a cambiar nuestra manera de comprender el documental.

Lo conocí personalmente cuando comenzaba a levantar FIDOCS en el Goethe-Institut de Santiago, a fines de los años noventa. Eran todavía los primeros esfuerzos por instalar en Chile la importancia de un cine que por entonces tenía una circulación mucho menor que la actual. El documental ocupaba un espacio reducido y muchas veces era entendido más como registro, testimonio o reportaje que como una verdadera expresión cinematográfica. Guzmán sabía que era mucho más que eso. Lo había demostrado con su propia obra y entendía que también era necesario crear un espacio donde esas películas pudieran encontrarse, discutirse y, sobre todo, encontrar un público.

Mucho antes de FIDOCS, Guzmán ya había realizado una de las obras fundamentales del cine documental mundial: La batalla de Chile. Una película monumental sobre un acontecimiento histórico igualmente monumental: el gobierno de Salvador Allende, la profunda fractura política y social que vivió Chile y el proceso que desembocó en el golpe de Estado de 1973.

La batalla de Chile tiene para mí una cualidad extraordinaria. La cámara está allí cuando la historia todavía no sabe en qué terminará. Las personas que vemos discutir, marchar, trabajar, defender sus posiciones o simplemente caminar por las calles desconocen el desenlace que nosotros conocemos. Esa distancia entre el tiempo filmado y el tiempo desde el cual miramos esas imágenes constituye una de las fuerzas más poderosas del documental.

Guzmán tampoco pretendió esconder el lugar desde donde observaba esa historia. Y eso me parece fundamental, porque durante mucho tiempo se instaló la idea de que el documental debía aspirar a una supuesta objetividad. Siempre he pensado lo contrario: no hay nada menos objetivo que un documental.

Desde el instante en que ponemos una cámara frente al mundo estamos tomando decisiones. Elegimos dónde mirar, a quién escuchar, qué queda dentro y fuera del encuadre y, finalmente, en el montaje, decidimos cómo relacionamos esos fragmentos de realidad. El documental no es la realidad: es una mirada sobre ella. La honestidad del documentalista no consiste entonces en esconder su punto de vista, sino en asumirlo.

Patricio Guzmán hizo de esa mirada una obra. Con los años, su cine fue desplazándose desde la urgencia política hacia territorios cada vez más ensayísticos y poéticos. En películas como Nostalgia de la luz, El botón de nácar o La cordillera de los sueños, la memoria comenzó a habitar también los paisajes. El desierto, el agua y la cordillera dejaron de ser simples escenarios para transformarse en espacios donde permanecían las huellas de nuestra historia.

En alguna de aquellas ocasiones vinculadas a FIDOCS lo escuché decir una frase que me ha acompañado desde entonces: el documentalista es el guardián de la memoria y un pueblo sin memoria es como una familia sin álbum de fotografías.

Me parece una hermosa manera de explicar el sentido profundo de este oficio.

Filmamos porque las cosas desaparecen. Filmamos los rostros porque envejecen, las voces porque algún día dejarán de escucharse, los lugares porque cambian y las personas porque somos pasajeros. El documental mantiene por eso una relación profunda con el tiempo: conserva una pequeña porción de aquello que estuvo frente a una cámara y permite que años después vuelva a hacerse presente.

Guzmán fue uno de los grandes guardianes de nuestra memoria. Durante décadas regresó sobre Chile, sobre Allende, sobre el golpe de Estado, sobre los desaparecidos y sobre el exilio. No porque estuviera contando una y otra vez la misma historia, sino porque comprendió que la memoria nunca está terminada. Cada generación vuelve al pasado desde un presente diferente y formula nuevas preguntas.

Su obra nos recuerda también que el documental puede alcanzar una libertad artística extraordinaria. Que no está condenado a reproducir la realidad, sino que puede transformarla en reflexión, poesía y pensamiento cinematográfico. Guzmán convirtió la memoria en materia de cine.

Hoy, después de su partida, aquella frase que le escuché hace tantos años adquiere para mí un nuevo sentido.

Patricio Guzmán fue durante toda su vida un guardián de nuestra memoria.

Ahora serán sus películas las que guarden la suya.

Ricardo Carrasco Farfán

Cineasta, docente y encargado de la

Incubadora y Educación Audiovisual

Universidad de O’Higgins

Lee también