El adiós de un hombre clave en la transición chilena: Los hitos que marcaron la carrera de Enrique Krauss

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El adiós de un hombre clave en la transición chilena: Los hitos que marcaron la carrera de Enrique Krauss

Si hubiera que sintetizar la envergadura política de Enrique Krauss en una sola escena, la memoria tendría que viajar al 11 de marzo de 1990.

Esa tarde nublada, Patricio Aylwin se dirigía al Congreso Nacional en Valparaíso para convertirse en el primer presidente del retorno a la democracia. A su lado, en el auto oficial, iba su estrecho colaborador y el hombre que se convertiría en el gran articulador de la transición: Juan Enrique Krauss Rusque. El mismo que falleció este viernes 10 de julio, a sus 94 años.

Fue durante ese trayecto que Aylwin miró a su futuro ministro del Interior y le lanzó la pregunta que años más tarde abriría el libro La historia oculta de la transición, de Ascanio Cavallo:

—¿Te das cuenta, Enrique, en lo que nos estamos metiendo?

La advertencia no era una exageración, y el primer aviso llegó antes de encender el motor. Los militares habían dejado estacionado el Ford Galaxie 1963, pero se habían guardado las llaves, por lo que el equipo civil tuvo que hacerle “puente” para poder ponerse en marcha. Así lo relató el propio Krauss años después en una entrevista con CNN Chile.

Un auto sin sus llaves

Lo que en otro contexto habría sido una anécdota tragicómica de un cambio de mando, ese día funcionó como una profecía sobre las complejidades que enfrentaría el nuevo gobierno al entrar a La Moneda. Augusto Pinochet no se había ido; seguía atrincherado en la Comandancia en Jefe del Ejército. En ese escenario, mientras Aylwin intentaba darle continuidad administrativa y política al país, Krauss asumió el rol de pararrayos institucional.

El primer desprecio militar llegó rápido, tal como lo registró Cavallo en su obra, apenas seis meses después del cambio de mando. El 19 de septiembre de 1990 se celebró la primera Parada Militar en el Parque O’Higgins tras el fin del régimen.

Por protocolo, el jefe de las fuerzas debía pedir la autorización formal del Mandatario para iniciar la ceremonia. Sin embargo, ese día el jefe de la Guarnición de Santiago, el brigadier Parera, decidió ignorar la nueva realidad republicana: no le dirigió la palabra a Aylwin, no le pidió permiso y clavó su mirada en Pinochet.

La trama de los Pinocheques

La verdadera prueba de fuego estalló en diciembre de ese mismo año, cuando se reveló la trama de los “Pinocheques” —los millonarios pagos del Ejército a la familia Pinochet Hiriart—. Más allá del escándalo judicial, lo que gatilló la crisis fue la presión política ante una eventual renuncia de Pinochet a la Comandancia en Jefe.

El 19 de diciembre, en medio de una comisión investigadora del Congreso y trascendidos de prensa, Pinochet golpeó la mesa y ordenó el acuartelamiento general de las tropas bajo el eufemismo de un “ejercicio de enlace”. El fantasma de una insurrección recorrió los pasillos de La Moneda.

Fue en ese minuto crítico donde el rol de Krauss se volvió indispensable: tras confirmar que ni la Fuerza Aérea ni la Armada se plegarían al movimiento militar, le aconsejó firmemente a Aylwin que el poder civil no podía tolerar el chantaje.

Al día siguiente, mientras la Cámara de Diputados blindaba la estabilidad con una declaración de respaldo, Krauss asumió la vocería pública con aplomo ministerial, declarando ante las cámaras que no había justificación para la alarma ciudadana, enfriando la crisis de cara al país mientras el gobierno negociaba bajo cuerda.

El rol de Krauss en el “Boinazo”

El nudo ciego de los cheques reflotó tres años después, en mayo de 1993, coincidiendo con una reforma a las Fuerzas Armadas anunciada por el Ejecutivo. Esta vez, la crisis encontró a Krauss en primera línea absoluta: Aylwin estaba de gira por Europa y el ministro ejercía como vicepresidente de la República.

Alertado de que el Consejo de Defensa del Estado activaría acciones legales por el caso de los cheques, Krauss vio cómo la tensión escalaba a niveles inéditos. El 28 de mayo de 1993, el Edificio de las Fuerzas Armadas, a pasos de La Moneda, se transformó en un búnker. Custodiado por soldados con tenida de combate, boinas negras y fusiles en mano, Pinochet se reunió con 38 generales. El “Boinazo” estaba en marcha.

Mientras las unidades se desplegaban en la calle de forma intimidante, el círculo de Pinochet abrió una línea directa con Krauss para exigir un pliego de demandas. En un gallito político de máxima tensión, el vicepresidente resistió el pulso: adoptó lo posible y rechazó lo inaceptable.

La crisis, que amenazaba con romper la frágil institucionalidad, terminó resolviéndose donde Krauss se movía mejor: en la trastienda de la política. Una negociación reservada en una casa de Vitacura desactivó definitivamente el amago armado.

Luego del fallecimiento de Krauss, lo despidió la 13° Compañía de Bomberos de Providencia. Ahí, fue voluntario de la institución con 30 años de servicio.

No solo apagó incendios en La Moneda.

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