Aftersun es gigante. No porque lo leerán en todos lados. Es magnífica por el hecho de narrar la humanidad de dos personas que se aman, pero no saben cómo hacerlo.
Son tantas capas, que en el cine pasó algo muy lindo: todos interpretaron alguna de las aristas y disfrutaron un camino propio. En mi caso me fui por el más oscuro. Fue una tortura en momentos que me sentí identificado. Pero el filme es tan certero en saber de lo que habla, que su trama cambia los enganches por verdades.
La relectura de una mujer sobre unas vacaciones con su padre es una catarsis entregada con sinceridad y reflexión. La conciencia condiciona las emociones y estas, por más puras que sean, nunca las comunicamos como las percibimos. ¿Basta con palabras? Imposible.
La complicidad llega cuando en acciones dos personas conectan. No sabemos explicarlo bien, pero sí sabemos que sucede. Aquí está lleno de esos momentos. Cada situación en que padre e hija no logran actuar para conectarse duele fatal. El dolor confunde y la confusión nos lleva a herir a otros. Él no puede con su dolor, mientras ella lo sufre por él. No hay buenos ni malos. No hay prejuicios. Hay reflexión.
Pensar cambia las cosas. Los siúticos dicen que el amor no se piensa, pero sí se piensa en el amor. Paul Mescal, Frankie Corio y Celia Rowlson-Hall realizan una labor inmensa en su rol. Cada plano es una maravilla tanto en su interpretación como en su ejecución. ¿Cree que lo ha visto todo? Vea Aftersun y debatamos.
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