Por Fernando Paulsen

Dos debates televisivos. Seis personas. Cuatro de una coalición de derecha. Dos de un acuerdo de izquierda.

Los mismos frames.

Un frame es un marco conceptual sobre la base del cual se estructura una conversación. La competencia discursiva se establece en torno a cuáles son los frames que priman, que son la base de aquello de lo que se discute.

El lingüista estadounidense George Lakoff va más allá: quien impone sus frames controla la conversación y tiene la primera opción de vencer en un debate. Lakoff escribió un libro con el título de No pienses en un elefante. Su idea se basa en que el marco conceptual, el frame, condiciona el resto de la comunicación. Si tú le dices a alguien que no piense en un elefante, lo primero que su mente hace es imaginarse uno, que puede ser el Dumbo de Disney, o la vieja elefanta Fresia del zoológico de Santiago, o una escena que vimos en National Geographic, o el elefante del circo de la playa. Lo que sea. Pero en el momento mismo que se pide que no pensemos en un elefante, lo único que sucede es que en lo único que pensamos es en un elefante.

Lakoff plantea que los frames dominan nuestras conversaciones y aquello que consideramos relevante de conversar. Por eso, en la comunicación política, quien plantea los frames sobre la base de los cuales discurre la conversación, gana cualquier debate que se haga al respecto.

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Quien impone sus frames y hace que en torno a ellos gire la comunicación pública, gana el debate, la polémica, el eje de discurso sobre la base del cual giran las discusiones públicas.

Hace cuatro años, la derecha pudo imponer sus frames de manera mucha más efectiva que la actual oposición. Ellos hablaban de la enorme dimensión del Estado, de la necesidad de disminuirlo y, con ello, de cortar los frames del pituteo; de la necesidad de focalizar las ayudas a la gente, que se perdían en una maraña de burocracia. Los frames de la derecha giraban en torno a la necesidad de una mayor seguridad policial, que no era, entonces, rural, sino urbana. Buena parte de los debates, de las entrevistas en televisión y radios funcionaban utilizando frames que la derecha fue muy hábil en instalar y las distintas oposiciones no supieron cómo crear frames propios que reemplazaran en el debate público aquellos ya instalados.

Lo que vimos en los debates de Chile Vamos y aquel de los candidatos del PC y del Frente Amplio es algo inédito. Todos hablaban sobre la base de los mismos frames: aumentar el poder regulador del Estado; sancionar el abuso empresarial y estatal; crear derechos sociales, como los europeos; generar métodos de apoyo estatal que no impliquen focalización. De pronto parecían seis candidatos de una vertiente ideológica común, con sólo matices de diferencia. Para los dos candidatos de izquierda, esto era agua de todos los días. Pero para los cuatro de la derecha, esto era un giro copernicano. Todo lo que se debatió de primordial hace cuatro años, hoy cambió de prioridad y la discusión ahora gira en torno a ideas foráneas, a las que sus candidatos son recién llegados.

Lavín se declaró socialdemócrata. Sichel no para de contar su vida de pellejerías y ninguneo social para resaltar que debe ser el candidato de la derecha en el nuevo Chile. Desbordes lleva ya bastante tiempo hablando de las leyes alemanas y otras europeas que debieran ampliar los derechos sociales de las personas. Briones abraza el matrimonio igualitario y la adopción homoparental con la misma fruición que como hacía high fives cuando, como ministro de Hacienda de Piñera, consiguió que un bono del Estado no superara los $65 mil y fuera sólo por tres meses.

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El único que hizo una excepción en esta vorágine de nuevos frames fue Joaquín Lavín cuando le preguntaron por el matrimonio igualitario y planteó que seguía creyendo que debía ser entre un hombre y una mujer. Un poco de honestidad, que también lleva cálculo. Mal que mal, el mundo conservador chileno todavía es muy mayoritariamente contrario al matrimonio igualitario y necesita algún candidato que represente esa idea.

Si hubiésemos invitado a un personaje de Islandia o Kenia a ver los debates y les hubiésemos preguntado qué les pareció el intercambio de ideas de los cuatro candidatos de la derecha, probablemente hubieran dicho que Chile tiene un sistema de partidos donde no hay gran diferencia en los objetivos finales. Incluso pudieron haber citado a Gabriel Boric, que planteó, cuando le preguntaron por sus discrepancias con el candidato comunista Daniel Jadue, que había diferencias de velocidad, pero no de objetivos. Y a juzgar por lo que plantearon los candidatos de ChileVamos, podrían haber dicho lo mismo.

George Lakoff es fulminante en esta materia. Cuando alguien conversa sobre la base de los frames del adversario, siempre es el adversario el que gana. Y hoy la derecha, guste o no, conversa públicamente sobre conceptos que fueron instalados hace años por su competencia. Los frames propios no aparecen y los candidatos del sector se sienten muchos más cómodos hablando en lenguaje de la oposición, antes que en el que utilizaban hasta hace muy poco tiempo, cargado de meritocracia, focalización, reducción del tamaño del Estado, castigar el pituteo burocrático, hacer sentir el estado de derecho y gobernar con ellos, porque eran los mejores.

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