Nos hemos acostumbrado a vivir en una “crisis de seguridad” permanente. El miedo se ha instalado en nuestra vida cotidiana y, aunque algunos indicadores delictuales muestran descensos, la percepción ciudadana parece variar mucho menos. El temor permanece.
Esta brecha no es exclusivamente chilena. En distintos países, el miedo al delito persiste incluso cuando las cifras no evolucionan en la misma dirección. Y eso nos obliga a preguntarnos qué ocurre cuando el temor deja de ser solo una reacción ante el delito y comienza a organizar nuestra forma de vivir juntos.
Frente al miedo, nuestra reacción más inmediata es protegernos. Desconfiamos, levantamos barreras y tomamos distancia de ese otro que percibimos como extraño y potencialmente amenazante.
Desde fines de los años noventa hemos reforzado casas, instalado rejas y alarmas, modificado horarios y restringido el uso de la calle. Más tarde, las propias políticas de seguridad nos hicieron copartícipes de ese aseguramiento: nos organizamos con los vecinos, instalamos cámaras, creamos grupos de WhatsApp y aprendimos a vigilar aquello que identificamos como una amenaza.
Y, sin embargo, el miedo no se ha ido.
Quizás el problema esté en que hemos intentado responder desde el lenguaje de la seguridad a una sensación de vulnerabilidad mucho más amplia. No tememos solamente a que nos asalten. Tememos perder el trabajo, enfermarnos, no poder pagar las cuentas, perder nuestros bienes, que les ocurra algo a nuestros hijos o no poder sostener el día a día. En definitiva, tememos perder el control de nuestras vidas.
Cuando toda esa incertidumbre se traduce en inseguridad, corremos el riesgo de convertir problemas sociales complejos en amenazas de las que debemos defendernos. Y ahí aparece una paradoja: cuanto más intentamos protegernos, más nos replegamos.
Reducimos nuestros vínculos, nos refugiamos en los círculos más cercanos y comenzamos a sospechar de quienes están fuera de ellos. Pero una sociedad no puede construirse únicamente entre conocidos. Vivir juntos implica relacionarnos con extraños, compartir espacios, respetar las reglas y confiar en los demás.
Esa capacidad de convivencia parece haberse debilitado. Lo vemos en la calle, en el transporte público, en los conflictos entre vecinos y también en las dificultades de convivencia que han llegado con fuerza a las aulas.
Tal vez necesitamos cambiar el lenguaje.
¿Qué pasaría si desplazáramos el centro de nuestra conversación desde la seguridad hacia el cuidado?
Cuidar significa reconocer que somos vulnerables y que necesitamos de los demás. Implica responder activamente a necesidades físicas, sociales y afectivas y aceptar que la incertidumbre no siempre puede eliminarse, pero sí puede compartirse y gestionarse colectivamente.
Mientras el paradigma de la seguridad suele preguntarse cómo protegerme del otro, el paradigma del cuidado nos obliga a preguntarnos cómo podemos protegernos entre nosotros.
Esto no significa desconocer el delito ni restar importancia a las políticas de seguridad. Necesitamos policías eficaces, instituciones de justicia que funcionen y políticas de prevención de la violencia. Pero ninguna política de seguridad puede responder, por sí sola, al miedo de una sociedad que se siente permanentemente vulnerable.
Quizás el desafío no sea solamente vivir más seguros.
Quizás sea volver a aprender a vivir juntos.
María Paz Trebilcock
Académica del Instituto de Ciencias Sociales
Universidad de O’Higgins
Investigadora Adjunta VIODEMOS
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