Hace 15 años acepté una invitación a visitar Palestina. No tengo ningún ancestro de esa región del planeta; mi bisabuelo paterno vino de Hungría, mi abuelo materno de Escocia y mi abuela de Inglaterra, con no declarados pero indiscutibles orígenes hebraicos.
Pero ese viaje me convirtió en palestino por adopción y no dejo de pensar en el olivo que planté con mis manos en una emocionante jornada que buscaba representar el enraizamiento de los palestinos a su tierra.
Lo que vi fue un pueblo acosado en su propio hogar, al que se humilla permanentemente para alentar su partida. Conocí a una mujer octogenaria procesada por agresión el día en que su familia fue relegada al patio trasero de su casa colonizada por ciudadanos judíos llegados recientemente de Estados Unidos; caminé por un mercado protegido por una malla de los desechos lanzados desde los edificios vecinos; me indigné hasta lo indecible por la muralla que obliga a una madre a humillarse en la madrugada rogando que le permitan llevar a su hijo a dializarse en el hospital que quedó del otro lado; vi a un puñado de niños judíos descender de un bus y recoger piedras para lanzarlas al grupo de adultos que visitábamos el mercado clausurado de Hebrón porque se había instalado una colonia judía e Israel prohíbe vivir o circular en una extensa área circundante a los verdaderos islotes de poblamiento judío en territorio cisjordano; escuché a un exsoldado del ejército de Israel contar su drama de haber sido obligado a disparar un lanzagranadas en las noches de la intifada, rogando porque no hubiera niños donde caían, porque su efecto era letal hasta a 7 metros del punto de su explosión y dañino hasta los 14.
La tragedia del pueblo judío, perseguido, discriminado y sujeto a tantos intentos de exterminación, parece haber generado el síndrome del niño golpeado, que repite las conductas ignominiosas y repudiables de las que fue víctima.
Pero también vi un pueblo palestino resiliente, que ama su tierra y continúa luchando por convertirse en un Estado autónomo, y a muchos judíos conscientes de que la libertad y el progreso propio no pueden disfrutarse a plenitud cuando están construidos sobre la opresión y el sufrimiento de otros.
Sé que el fundamentalismo sionista y el integrismo islámico se refuerzan mutuamente y alejan el objetivo de la paz duradera y la conformación de dos Estados independientes. El desfiladero es estrecho y tiene hoy innumerables adversarios; por eso se necesita del compromiso activo de todos los países y sus liderazgos para recorrerlo. Chile no puede permanecer al margen.
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