Hoy ocurrió un hecho inédito: fue interpelado en la Cámara de Diputados el Ministro de Relaciones Exteriores, cuestión que no había ocurrido nunca. Temas no faltaban: tensiones con Argentina, Escudo de las Américas, candidatura fallida de Michelle Bachelet a la ONU y una delicada situación geopolítica. A esto debe sumarse la relativa debilidad del canciller, que ha tenido problemas objetivos a la hora de explicar los fundamentos de nuestra política exterior.
Sin embargo, la oposición logró una extraña promesa, que es haber logrado que hoy el gobierno y el canciller hayan salido fortalecidos de la interpelación. ¿Por qué? Porque el diputado interpelador y la oposición en general no lograron articular un discurso ni las preguntas pertinentes para lograr incomodar al canciller. Esto, hasta el punto de que el diputado Venegas terminó, como en el fútbol, pidiéndole la hora.
Terminó una hora antes de lo calculado porque en un minuto se quedó sin guion y sin libreto. Para la historia quedará que la última intervención del canciller, “no renuncio, diputado, porque usted todavía no es presidente”, hizo visible que hoy por hoy el mejor aliado del gobierno es esta oposición que carece de la capacidad mínima para formularle las preguntas pertinentes al canciller, al que ella misma quiso interpelar.
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