(CNN En Español – CNN Chile) – Si todo sale según lo previsto y Estados Unidos e Irán firman el viernes un acuerdo destinado a poner fin a las hostilidades, los negociadores de los dos acérrimos rivales se enfrentarán a la compleja tarea de desentrañar medio siglo de problemas profundamente arraigados en un contexto de sospecha, hostilidad y pérdida de confianza, todo ello en 60 días.
Es probable que este plazo de dos meses deba prorrogarse. Los asuntos siguen siendo sumamente complejos y podrían requerir especialistas con profundos conocimientos técnicos en estrategia militar, derecho internacional, sanciones económicas y tecnología nuclear.
Los negociadores deberán llegar a acuerdos sobre el desminado del estrecho de Ormuz, la legalidad y la aplicación de las exenciones de sanciones, el destino de los activos iraníes congelados, la supervisión y restricción del programa nuclear de Irán en cooperación con el organismo de control atómico de la ONU, los límites al enriquecimiento de uranio y la extracción de uranio altamente enriquecido enterrado en suelo iraní.
Más allá de los mediadores regionales, que han demostrado ser idóneos para negociar acuerdos de paz, Washington y Teherán también podrían necesitar dejar de lado sus diferencias con otras grandes potencias como las naciones europeas, China y Rusia, para utilizar su experiencia especializada y las capacidades técnicas necesarias para resolver estos problemas.
Todo esto debe desarrollarse en un contexto de feroz presión contraria al acuerdo por parte de aliados clave como Israel, facciones de línea dura en Irán e incluso críticos en Washington.
Y a diferencia del acuerdo nuclear de 2015, que requirió casi dos años de meticulosas negociaciones por parte de la administración Obama y otras cinco grandes potencias (respaldadas por equipos de expertos nucleares y analistas de Irán), esta vez se cierne la sombra de una guerra devastadora, una guerra que se cobró la vida del líder más venerado de Irán, el ayatolá Ali Jamenei.
Más importante aún, ambas partes deben elaborar un acuerdo que, desde el principio, parezca fundamentalmente diferente del acuerdo de 2015 para convencer al presidente estadounidense de que es notablemente superior a su predecesor, al que ha calificado repetidamente como “uno de los peores acuerdos jamás firmados”.
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