Por Mónica Rincón
{"multiple":false,"video":{"key":"czo1HQHw9FX","duration":"00:01:34","type":"video","download":""}}

“Espejito, espejito”, dijo Francisco Sagasti cuando se arreglaba el traje antes de salir a la toma de posesión como presidente en Perú, y preguntó “¿qué país no ha vivido en algún momento sobre un mito?”. “Ninguno”, contestó el espejo.

Sagasti salió de su casa reflexionando las palabras de su inerte consejero, por ciertas y ciertas sobre Perú. En días en que se han sucedido tres presidentes en una semana, despertaron a muchos de la ilusión mítica de que Perú había alcanzo la estabilidad.

Estado y partidos débiles, Congreso fragmentado, escandalosa y endémica corrupción, desigualdad: 7 de cada 10 trabajadores son informales.

Peligroso cóctel que, sumado a la pandemia y a un difícil momento económico, explotó cuando los congresistas una vez más usaron la vacancia para sacar al entonces presidente Martín Vizcarra por un caso de supuesta corrupción.

Lee también: Francisco Sagasti asume presidencia de Perú pidiendo perdón a familias de fallecidos en protestas

Y la gente no salió a la calle a defender a Vizcarra, sino a la democracia y que fueran los tribunales y no el parlamento, donde la mitad tiene juicios pendientes por temas de corrupción, los que decidieran la suerte del ahora ex presidente.

Murieron en las protestas dos de esos jóvenes que, a diferencia de la generación traumada con los días de violencia de Sendero Luminoso, no tenían miedo a protestar y en 48 horas el gobierno de Manuel Merino cayó.

La generación bicentenario, entonces, dijo “no más”.

Tags:

Deja tu comentario