Las Fiestas Patrias son un buen momento para reflexionar sobre qué nos hace dignos de llamarnos chilenos. Tiene que ser más que haber nacido en esta tierra.
Por cierto respetar los emblemas patrios, pero también pagar los impuestos que corresponde, no saltarse la fila aunque no te vean, entender que la ley es el desde, pero que no reemplaza la ética porque la decencia no se legisla.
Honrar la bandera es también adherir a que debe ser el mérito y no los lazos los que te hagan avanzar y que lo que no es presentable en público es porque no es correcto no más.
Es no hacer convenios truchos, ni lavado de activos, ni fallos amañados o carreras pavimentadas por favores cruzados. Donde los esforzados sin padrinos juegan al difícil palo encebado, mientras a los corruptos les basta con lanzar el tejo.
Es no pretender superioridad moral, pero tampoco guardar silencio cómplice cuando son los de tu sector los cuestionados.
Qué más chileno que usar bien el castellano: llamar delito y no error a lo que corresponde, soborno y no favores, financiamiento ilegal y no irregular de la política.
Honrar la patria es enfrentar con gallardía a la justicia y no acusar persecución política cada vez que la Fiscalía hace su pega. No amenazar, no tratar de elegir fiscal a la carta y tener la decencia de no decir que estás cansada cuando cumples arresto domiciliario al lado de una piscina.
Porque los condenados que se alojan en Yáber o en otro sitio vip abren la puerta al crimen organizado porque corrompen la República en sus fundamentos. Y eso ¿de patriota? Nada.
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