Aún no se había puesto el sol el domingo 17 de diciembre, cuando la última elección presidencial estaba oleada y sacramentada. A las 8 de la noche, ya estaba escrutado el 99% de los votos y el candidato perdedor había felicitado al ganador. Ya es una tradición en Chile: un conteo de votos rapidísimo, y que es reconocido por todos los involucrados.
Hay más ventajas: es un proceso totalmente público, desde que se instalan las urnas hasta que se vacían para contar uno a uno los votos, a vista y paciencia de todos los interesados: candidatos, partidos, representantes de la sociedad civil.
Algo muy distinto al voto electrónico, en que los ciudadanos ya no pueden fiscalizar por sí mismos lo que está ocurriendo dentro del sistema.
En un país en que tantas instituciones flaquean, nuestro proceso electoral sigue siendo un motivo para estar orgullosos, con una rapidez, eficacia y legitimidad que muchas democracias desarrolladas, como Estados Unidos, ni sueñan con tener.
Por supuesto, hay muchas aspectos que se pueden mejorar, como entregar transporte público gratuito, o tener más locales de votación, cercanos a los hogares de los votantes. Pero en lo fundamental, entregar resultados rápidos y transparentes, el lápiz y el papel siguen dando más garantías que cualquier tecnología del siglo 21.
Como dice el refrán, “si no está roto, no lo arregles”.
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