Ayer, quienes tenemos a nuestra mamá pudimos abrazarla y agradecerle. Otros la añoraron. Y muchos recibimos el amor de nuestros hijos.
Se ha avanzado en lo simbólico; en, por ejemplo, recordar nuestros dos apellidos. Fue bonito ver calles intervenidas que decían “hijo de” y el nombre de esa anónima mamá.
Pero queremos más, ¿o no? Que no se asuma que él ayuda, que es súper cooperador, como si criar le tocara a la mujer. Que trabajar o no sea decisión libre de cada integrante de una pareja y ambos puedan compatibilizar trabajo y familia. Queremos igualdad puerta afuera y puertas adentro, porque si no, es sólo doble jornada.
Tengo la triste impresión de que para el país se volvió relevante la cocrianza cuando la bajísima tasa de natalidad pasó a ser tema casi de seguridad nacional. Ahí algunos recién empezaron a cuestionarse y otros a entender que parte de las razones, incluso si quieres ser mamá, es que no hay condiciones, menos si anhelas a la vez desarrollo profesional.
Un ejemplo: en hogares con niños menores de cinco años, la participación laboral de mujeres cae al 58,3%, mientras la de los hombres sube al 85,7%.
Ni siquiera que tuviéramos una inserción laboral más baja que el promedio de América Latina los remeció. Ni que nos paguen menos por el mismo trabajo (20%), ni que nos cueste más encontrar pega o que crezca empleo informal femenino.
¿Y si en vez de flores, sala cuna como derecho de los niños? ¿En vez de homenajes públicos, cocrianza privada? Es tema de empatía y de derechos.
Es incómodo asumirlo, me imagino, pero como dicen por ahí: “No tengo pruebas, pero tampoco dudas”. Si los hombres dieran a luz, el postnatal habría sido siempre irrenunciable para ambos y la sala cuna universal estaría hace años como ley de la República.
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