Parto por decir que soy hace ya demasiados años amigo de Sergio Micco Aguayo. Amistad que ha logrado sobreponerse a nuestras diferencias políticas, las que incluso se han acrecentado en el último tiempo. Y, sin embargo, nada de eso debe ser importante para no condenar de manera categórica lo ocurrido esta semana en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile.
Este es un país que ha naturalizado la violencia, no solamente física, sino que verbal, pero además hemos perdido de debatir, de discutir, de confrontar, sin tener la pretensión de socavar moral y políticamente la identidad del otro, de esa manera intentando silenciarlo, censurarlo, o derechamente amedrentarlo.
No fue el único caso. Las lamentables expresiones de la expresidenta del Consejo Constitucional, Beatriz Hevia, refiriéndose a los “verdaderos chilenos“, es probablemente -en una especie diferente- una agresión del mismo género; aquella que pretende negar una identidad, una cualidad, a quien no vota, a quien no piensa y a quien no se comporta como uno.
En una democracia civilizada, en un debate sano, no hay mayor fuerza que la que subyace a los propios argumentos, y tenemos que recuperar la capacidad para discutir de manera apasionada, incluso a ratos, de forma impecable e implacable, no olvidando nunca una regla del fútbol fundamental: se va a la pelota y no se va al jugador.
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