Desde hace algunos años, hemos asistido a inquietantes escenas de violencia contra candidatos y presidentes: desde zamarreos al presidente Emmanuel Macron hasta un intento de asesinato al candidato Donald Trump, pasando por apuñaladas (al expresidente Bolsonaro) o un tiroteo que afectó al primer ministro eslovaco Robert Fico.
En los últimos días, hemos presenciado en el Chile de todos dos simulacros de violencia, los que han calado hondo en la percepción popular de una política que se muestra bajo los signos de la polarización de sus élites. Por un lado, con José Antonio Kast y Johannes Kaiser, y por el otro con Gonzalo Winter.
El empate político es evidente, pero nos habla de una política degradada por su retórica radical que captura adeptos, ensuciando la competencia política democrática.
Estos dos episodios son graves porque, además de transmitir una representación agonal de la política en formato mortal, expresa lo peor de una política polarizada: esa que los cientistas políticos llamamos “polarización afectiva”.
Si esta forma de polarización es la que se impondrá a partir de ahora, estamos fritos. Este tipo de polarización no deja espacio para el intercambio racional de argumentos, impidiendo que la legítima competencia se dirima a partir del peso del mejor argumento.
La democracia se echa de menos cuando se pierde. El problema es que, cuando tomamos conciencia de lo que hemos perdido, es demasiado tarde
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