Como el optimista profesional que soy, reconozco que cuesta a veces encontrar rayitos de sol donde parece reinar la penumbra. Pero el caso es que la inseguridad y otras emociones violentas son capaces de transformar muy rápido la percepción de dónde y cómo estamos viviendo. Y las plataformas que dan orden a un país a veces se resquebrajan.
Tenemos a cuenta dos fracasos estrepitosos para tener una nueva Constitución, que por definición es una obra que produce orden. Tenemos el retorno de sucesos de corrupción económica y política, que parecían declinar.
Tenemos un sistema político sin incentivos de cooperación y que cada año parece fragmentarse más. Tenemos cuatro directores generales de carabineros, seguidos, que han debido abandonar su puesto antes de cumplir su mandato.
Todo esto en un mundo estrujado ecológicamente, que nos muestra a telediario que hoy -con situaciones bélicas en tres continentes- parece más rentable invertir en guerra que en la paz.
La esperanza está esquiva, pero a veces se presiente.
Quizás hay que invertir los términos, como propone el clásico cowboy cinematográfico, Clint Eastwood, cuando señala con una inapelable sensación de humana culpa: “Hay gente que dice que deberíamos dejar un planeta mejor para nuestros hijos. La verdad es que deberíamos dejar unos hijos mejores para nuestro planeta”.
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