El Reino Unido enfrenta un callejón sin salida. Una encrucijada de preguntas correctas para las cuales ha escogido la respuesta equivocada.
En la decisión de abandonar la Unión Europea se unieron muchos elementos: el temor a una migración descontrolada hacia Europa, la crítica a la burocracia de Bruselas, y a una globalización que hace que los gobiernos nacionales parezcan impotentes para gestionar la economía y los servicios sociales.
En suma: la sensación de estar en manos de una élite lejana, de una burocracia europea no elegida democráticamente y que no comprende sus problemas cotidianos.
Esa crítica es válida. Pero la respuesta del Brexit sólo agrava esas dificultades. El nacionalismo no es la respuesta a los problemas globales. Pretender aislarse en un mundo cada vez más integrado es esconder la cabeza como la avestruz.
Los partidarios del Brexit prometieron una amputación sin sangre. La tortuosa negociación de estos días es la mejor prueba de que esa promesa es imposible de cumplir. Los lazos sociales, humanos, económicos y culturales, entre el Reino Unido y el resto de Europa son tan densos, que es imposible cortarlos sin provocar una grave hemorragia.
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