El insulto, sobre todo si es masivo, es un indicador clarísimo de desprecio por el otro, que parte en un grito o en un canto y termina coreándose en los estadios, como lo vimos esta semana en la Copa América cuando parte de la barra argentina insultó a jugadores franceses por venir de África, ser negros y ‘hacerse pasar por franceses’. El cántico decía ‘escuchen, corran la bola, juegan en Francia, pero vienen de Angola’.
El insulto racial y el insulto político tienen la misma matriz: identifican un enemigo y lo deshumanizan a garabatos. Cuando lo hacen los gobernantes o los candidatos a gobernar, algo que está muy de moda, el ciudadano o hincha se siente aún más empoderado para también insultar a destajo. Cuando los insultos ganan elecciones se hace apología del maltrato.
El costo de ello se conoce: reducir la libertad de expresión al insulto en la calle, en las redes, en el Palacio de Gobierno, la empresa, la universidad o el estadio, en la antesala de la descomposición cívica. Cuando la civilidad colapsa es fácil identificar al responsable: parece frente a un espejo y lo estará viendo.
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