Volvemos a hacer la pregunta: ¿cuánto se debe creer a las amenazas de escalada nuclear de una guerra convencional?
El presidente ruso, Vladimir Putin, ha insinuado sutilmente aquello un par de veces y no ha habido mayor turbulencia, pero cabe preguntar. Amenazar con algo que después no se hace es básicamente una bravata, y las bravatas no asustan a nadie.
Esta semana la amenaza subió de tono, el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, dijo que Estados Unidos estaba jugando con fuego por su apoyo a Ucrania y que una eventual tercera guerra mundial, la llamó así, no afectaría solo a Europa, sino que incluiría a América: “Ahora estamos confirmando una vez más que jugar con fuego, y ellos son como niños pequeños que juegan con fósforos, es algo muy peligroso para los adultos a los que se le confían armas nucleares en uno u otro país occidental”.
Lo peor de un conflicto bélico es que se reduzca a una rutina noticiosa, un titular más día tras día en el noticiario nocturno. No solo aquello trivializa el drama humano de la guerra, sino que hace creer que el problema es de otros y no nos va a afectar.
Hacer esfuerzos para detener un conflicto bélico con la capacidad de involucrar a todo el planeta no es algo solo razonable, es sobre todo entender los límites del comportamiento humano. Ese límite que es consciente de que cruzar el Rubicón nuclear genera un escenario donde la vida humana no tiene repuesto.
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