A mucha gente puede parecerle irrelevante que los casinos se pongan de acuerdo para controlar las concesiones de esos establecimientos. Total, puede decir alguien, no derrocho mi plata en esos lugares, etcétera.
Distinto puede ser si hablamos de colusión de las farmacias, o de los pollos, o de los gases hospitalarios como el oxígeno o medicinal. Porque en estos últimos casos sentimos que esa palabra, colusión, atenta contra cosas que efectivamente hacemos a diario, como comprar pollos o remedios cuando necesitamos atención médica.
La colusión atenta contra el principio más utilizado para validar el sistema de libre mercado: la competencia. Y esta última se estima clave para que lo que compramos tenga un precio justo derivado de una genuina competencia por el cliente a través de la oferta de precios.
La razón de preocuparse cuando se dan este tipo de colusiones es que el valor del sistema descansa en una actividad, repito, la competencia, sin trampas.
Así como la política debe su imagen a qué tanto mejor estamos hoy respecto de ayer y qué tanto se ha cumplido con las promesas de campaña, en un sistema de libre mercado son la transparencia o las trampas las que definen su imagen y el apoyo o el rechazo ciudadano.
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