Corría el año 1973: ya se conocían las trágicas consecuencias del golpe de Estado que acabó con la Unidad Popular chilena. Es en ese preciso momento que Enrico Berlinguer ensaya por primera vez el concepto de “compromiso histórico”. Berlinguer era para entonces el secretario general del Partido Comunista italiano, el más grande del mundo occidental.
A través del “compromiso histórico”, Berlinguer imaginaba de modo audaz la necesidad de agrupar a las grandes fuerzas populares mediante la convergencia entre sus organizaciones y partidos: en este caso, el Partido Comunista Italiano y la Democracia Cristiana. Esto reflejaba una gran imaginación política, mucha inteligencia y una ruptura desde el comunismo con el comunismo soviético.
Pues bien, es la historia de esa otra ruta por el cambio la que se ve en la película italiana “Berlinguer: la gran ambición”. En ella se puede ver la fría relación de Berlinguer con Brezhnev, la feroz crítica soviética hacia los comunistas italianos, el lento acercamiento del PC con la DC y el fundamento de la abstención del partido de la hoz y el martillo para permitir que se formara un gobierno democratacristiano.
También se observa la creciente sintonía entre Berlinguer y Aldo Moro, quien era uno de los principales líderes democratacristianos. Bastó la acción criminal de un comando terrorista de las Brigadas Rojas para asesinar a Moro y abortar lo que estaba a punto de materializarse, el “compromiso histórico”.
Este ejemplo debiese servir de inspiración para las izquierdas chilenas, las que se encuentran petrificadas por el leitmotiv de la unidad a cualquier precio de la izquierda realmente existente. Buena parte de su perplejidad e inmovilismo se explica por su incapacidad de pensar por fuera de la caja, que es precisamente lo que hizo Berlinguer.
No solo el mundo está cambiando: las izquierdas realmente existentes se están achicando, sobre todo como idea. Si no se proponen imaginar otro mundo y otra ruta para llegar a él, es decir, un nuevo compromiso histórico, irrumpen dos tipos de riesgos: la intrascendencia que se observa en su comportamiento parlamentario y un hipotético gobierno propio, repetitivo en prosa, reactivo al gobierno de Kast y sin sintonía con el nuevo mundo que está emergiendo.
Si no se puede pensar por fuera de la caja, no hay futuro para la izquierda.
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