A lo largo de la historia, el arte ha sido una poderosa herramienta de unión social, desde las pinturas rupestres que permitieron a los primeros humanos comunicarse hasta el rol de los bufones en la Edad Media y las expresiones artísticas en tiempos de crisis política.
En San Bernardo, este mismo principio de cohesión social se evidenció en un proyecto de muralismo realizado por las alumnas del curso de arte de la escuela Isabel Riquelme en conjunto con Trama, una organización que busca democratizar el acceso a la cultura y el arte.
El proyecto, encargado por la Embajada de Estados Unidos, tenía como objetivo promover valores como la igualdad de género y el respeto por la naturaleza. Guiadas por el artista Javier Barriga, las estudiantes trabajaron en equipo para diseñar un mural que plasmaría estas temáticas en un espacio común.
“Fue bacán y entretenido porque pintar me hace feliz”, expresó una de las participantes, destacando la experiencia como una instancia de aprendizaje y alegría colectiva. El mural fue más que una obra visual; se convirtió en un espacio de encuentro y colaboración.
Un impacto que va más allá del arte
Para las estudiantes, el muralismo fue una experiencia significativa que les permitió salir de su entorno cotidiano y ver el arte como una expresión accesible en la vida pública, en los muros y no solo en el taller. “Esta actividad nos mostró que el arte también está en las calles y no solo en el papel”, comentó una alumna. El proyecto, además de fomentar el desarrollo artístico, promovió la creación de lazos entre compañeras que, hasta ese momento, no eran cercanas.
Desde Trama, señalaron que proyectos como este no solo impactan en los estudiantes, sino que también fortalecen el tejido social en general. “El arte y la cultura pueden generar espacios de encuentro más amenos, donde la gente siente que puede confiar. Son herramientas que permiten recomponer el tejido social fracturado”, afirmó un miembro de la organización. Asimismo, las alumnas descubrieron cómo el trabajo en equipo mejoraba el compañerismo y la confianza, algo que, en palabras de una de ellas, se reflejó en actividades posteriores: “Antes no hablábamos mucho, pero después de este proyecto, nos empezamos a acercar más, a apoyarnos”.
Esta experiencia en San Bernardo es un ejemplo del poder transformador del arte en comunidades escolares y urbanas, y reafirma su rol como un puente para la cohesión social.
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