Se acabó el paro de los empleados públicos, y el balance es simple: no hay ganadores, sólo perdedores.
Perdieron los trabajadores, que pese a sus 3 semanas de movilización, no lograron subir ni una décima el reajuste de 3,2%.
Perdió el gobierno, que convirtió una negociación de rutina en un enorme conflicto, demostrando una vez más su falta de muñeca, el caos que reina en el gabinete y el nulo poder que tiene sobre sus parlamentarios.
Perdió el Congreso, que terminó aprobando el mismo 3,2% que ya había rechazado dos veces, en medio de tal desprestigio, que ahora la solución es instalar un vidrio para separar a diputados de asistentes a las tribunas.
Perdió la Nueva Mayoría, que quedó fracturada, con un conflicto abierto entre el Partido Comunista y las demás colectividades que forman la coalición.
Y lo más grave: perdieron los chilenos, especialmente los más vulnerables que dependen de los servicios del Estado y que han sufrido en carne propia los trámites sin hacer, la basura sin retirar, e incluso, las atenciones de salud canceladas y las cirugías que debieron ser pospuestas, aun más de las ya indignas esperas a las que estamos acostumbrados.
Un balance que debiera hacer reflexionar a todos los protagonistas, para no repetir nunca más 3 semanas como las que acabamos de vivir.
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