“Si no tiene senadores, diputados, equipos técnicos, puede terminar en un desastre”. Así de tajante fue Alejandro Guillier hoy ante la posibilidad de que el Frente Amplio llegue a La Moneda. Puede parecer lógico que el senador use el arma de la gobernabilidad frente a una candidatura -la de Beatriz Sánchez- que le ha quitado la bandera de la renovación y la novedad, pero que carece de experiencia política.
Pero para ser efectivo, un discurso debe ser consistente. Y hace menos de 48 horas, Guillier dijo que él no es político, y que no es su tarea alinear a los partidos que lo respaldan. Que un senador y candidato a presidente de la república, o sea, aspirante al mayor cargo político del país, reniegue de su condición de político, ya es un error de concepto. Pero que además lo haga cuando trata de jugar la carta de la gobernabilidad (o sea, precisamente la carta de la política), resulta incomprensible.
No se puede ser político por la mañana y no político en la tarde; garantía de gobernabilidad en una declaración, y llanero solitario en la siguiente; presumir de cercanía con los partidos cuando conviene, y tratar de ocultarlos cuando no. Ser o no ser, para Guillier, ese es el dilema.
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