“No estamos preparados para aspectos que están fuera de lo que hacemos; los abusos son algo inaceptable”. Ya. La segunda parte es evidente, la primera increíble.
Porque si acoger a una víctima, proteger al débil, velar por el correcto comportamiento de los sacerdotes no está dentro de lo que hacemos, ¿qué se supone que se hacen en la Iglesia Católica sus pastores?
De cara a la reunión que empieza mañana en Roma los obispos chilenos y el Papa, es a lo menos preocupante. Como la justificación del Obispo González, que afirma haber protegido a Barros por “caridad” y asegura que él en los casos que le ha tocado siempre le ha creído a las víctimas, cosa que no practicó con las de El Bosque.
O Errázuriz que se queja de que los medios como CNN le demos espacio a las víctimas. ¿Qué esperaba?, ¿qué su porfiado silencio frente a las consultas de la prensa significara la censura de los denunciantes?
Son palabras que contradicen otras en que manifiestan llegar a esta cita con dolor y vergüenza. Agregan que no tenían la capacitación para entender el silencio por años de las víctimas. ¿Acaso ahora la tienen? Lo que ha cambiado es sólo el remezón de la carta del Papa, tras el fracaso de su visita y del informe Scicluna.
Bien poco olor a ovejas tienen varios de estos pastores como les pidió Francisco. Y la verdad es que nada de rebaño deberían tener ni los fieles católicos ni ninguno.
Sólo se vuelve a confiar con gestos importantes y concretos. Y, como dijo una de las víctimas de Karadima, esa confianza no debe ser nunca más ciega sino lúcida. Muy lúcida.
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